El 10 de marzo de 1955 el General y presidente de la época, Gustavo Rojas Pinilla, ordeno por Decreto: “Toda la sal que se elabore en el país para el consumo interno, humano o animal, deberá estar yodada, de conformidad con las normas estipuladas por la Organización Mundial de la Salud… El Banco de la República, como concesionario de las salinas terrestres, marítimas y las demás personas o entidades que se ocupen en la elaboración de la sal para el consumo humano o animal, deberán proceder a la mayor brevedad posible a montar las instalaciones necesarias, para producir la sal yodada., en el plazo máximo de dos años a partir de la vigencia de Decreto citado”, tal vez sin pensarlo expresaba el final de la vida prospera en Zipaquirá, pero en materia ambiental enunciaba el paso de “Villa ahumada” a la “Villa de la sal”.

“Llevando moyas al horno para cocer la aguasal”, Banco de la República, 1981. Libro “Las Salinas de Zipaquirá y su explotación indígena” de Mariane Cárdale.  

Cuando el Gobierno Estatal ordenó de cerrar los hornos el 31 de diciembre de 1959, fue una espantosa noticia para las empresas elaboradoras de sal y para los zipaquireños que dependían económicamente de los recursos que devengaba la sal. El inconveniente radicó en que el personal no estaba preparado para el cambio, ni para competir a la planta de refinación de sal (anexa a la Planta de Soda), así qué; la producción de sal en grano quedó a la Planta de Refinación y a la Salinera de los Andes, del Banco de la República.

El único horno que se conserva para guardar la tradición y exhibir a los turistas, es el que se llamó “Casablanca”, actualmente Restaurante “La Triada”, ubicado en la calle primera.

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