En algún punto de la historia, de la cual no se guarda mayor memoria, nació una de las más hermosas tradiciones, que sin premeditación desembocó en una de las maravillas del mundo, como lo es la Catedral de Sal de Zipaquirá, y hablo de la devoción a Nuestra Señora del Rosario de Guasá, patrona de los mineros y quien inspiró tan portentosa obra.

La veneración especial a la imagen de nuestra señora, inicia al parecer algo más de cien años. Sin embargo, obedece sin duda a una tradición legendaria que ya desde la época indígena se evidenciaba en el territorio, en el seno del cerro denominado del Zipa en los oscuros eslabones de las primitivas galerías que se sumergían en el domo salino. Refiere la escritora Gloria Dall, que es probable que los indígenas que habitaron el territorio y que laboraban en las minas, aún despojados de evangelización cristiana, rendían culto singular a la
diosa que denominaron “Nygua” y que según su creencia, habitaba en medio de los oscuros socavones salinos y desde su oscuro palacio les brindaba protección y abrigo maternal. Los indígenas al parecer le habrían consagrado las minas de sal a esa deidad.

Años después, con el proceso de conquista, llegó la evangelización de esta primitiva civilización, que fue de manera providencial, una de las más dóciles en abrazar la religión cristiana. Ello trajo consigo la cristianización de esta creencia, transformando el culto a la mítica diosa, en la más hermosa manifestación de amor y cariño a la Madre del Cielo.

La noble Chicaquicha ahora llamada Zipaquirá, se convierte entonces en un poblado caracterizado por su amor patrio pero ante todo por la fe, piedad y marcada creencia religiosa de sus moradores.

Con la tecnificación de la explotación, la presencia constante de ingenieros europeos y el crecimiento y desarrollo de la ciudad, la devoción de los trabajadores de las minas de sal, se centró en la hermosa advocación de Nuestra Señora del Rosario, de quien tan solo se dice, contaban con un cuadro que al parecer provino de la Madre Patria y que acompañaba las largas jornadas de aquellos mineros, en el interior de las interminables galerías. La devoción creció de tal manera, que cada año en el mes de octubre, los mineros empezaron a celebrar la denominada Fiesta de la Mina en honor de la Santísima Madre.

Afirman los cronistas, que cuando alboreaba el siglo XX y ante la marcada demostración de fe que los mineros de Zipaquirá profesaban a la Virgen María, estos decidieron cambiar el antiguo cuadro que reposaba en los oscuros túneles de la mina, por una imagen a la que le destinarían un altar especial dentro del túnel. Es entonces cuando le encomiendan a Daniel Rodríguez Moreno, joven trabajador de las minas, la elaboración de una imagen propia que reflejara lo que ellos eran y vivían.

En su libro ‘Una Catedral de Sal y Silencio’, Gloria Dall describe a Daniel como un joven aficionado a la pintura y a la escultura, y en sus horas de descanso ejecutaba algunas pequeñas piezas de arcilla y madera. Esa maravillosa disposición para el arte, hizo que sus compañeros le confiaran tan especial encargo. Daniel modeló en terracota policromada la estatua que le habían encomendado, la que fue cocida en un horno de Zipaquirá. La terracota es un material usado en la orfebrería desde las primeras eras de la humanidad, consistente en una especie de tierra o un arcilla cocida en horno a altas temperaturas y que ofrece un producto cerámico de especial resistencia a factores como la luz, temperatura y hasta daños por acciones mecánicas o golpes.

Este privilegiado artista hizo brotar de sus manos una imagen de la Virgen María con unos rasgos muy propios de la región, con una altura no mayor a 80 centímetros. Nuestra Señora lleva en el brazo derecho al Niño Jesús y en la mano izquierda el rosario, propio de su advocación. Por petición de los mineros, quien entonces fungía como párroco de Zipaquirá, acudió al lugar y prodigó una bendición especial a la imagen, luego de una solemne celebración. Fue así entronizada en un nicho construido sobre la roca, con el fin de recibir una veneración más honrosa no solo por aquellos mineros sino de algunos visitantes que atraídos por la novedad, ingresaban a conocer tan singular recinto. Era entonces el año 1923. Tanto fue el ardor que producía el amor maternal de Nuestra Señora entre los mineros y sus familias, que en 1924 se celebra la primera fiesta en su honor, acogiéndola como madre, patrona y protectora.
Fue un momento maravilloso que fortaleció significativamente el amor de los
mineros hacia su Morenita como la llamaron, hasta el punto de atribuirle favores y prodigios especiales. Y es que justo aquel día, en medio del divino oficio, se obra el primer milagro. La emoción de aquel instante, hizo aflorar en aquellos humildes, pero fervorosos trabajadores, el deseo de tener un templo dedicado a la Virgen del Rosario de Guasá, en la inmensidad de aquellas profundas cavernas, ideal que fue acogido de inmediato no solo por todos los mineros, sino que contó con el beneplácito y decidido apoyo del entonces Director de Salinas Carlos Gómez Martínez y del Gerente General del Banco de la República, Luis Ángel Arango. De esta manera en 1932 el proyecto empieza su curso.

Una anécdota curiosa, es que en el afán de hacer realidad el propósito, los directivos de salinas pretendieron colocar en aquel templo, una imagen de Nuestra Señora diferente a la que esculpió Daniel Rodríguez y cuya procedencia seguramente sería del extranjero. Sin embargo los mineros se opusieron férreamente argumentando que su imagen “era tan zipaquireña como ellos”. No era para menos, ya que esta imagen se ha convertido en su santa predilecta, su compañera de labores, en su protectora y sobre todo en una expresión del más puro amor, por cuanto fue obra de sus propias manos, encallecidas y desgastadas por el recio trabajo de la explotación salina. Una imagen que comparte hasta el riesgo propio de aquella labor y que incluso se ve afectada por la acción de los gases y del oscuro polvillo que deja la dinamita al perforar las entrañas de la tierra. Los mineros con cariño, pero vehemente respeto, la hen denominado también “la tiznadita” apelativo que expresa la confianza que tienen en su santa patrona, de quien aseguraban, la veían cada día más renovada, más bella, más resplandeciente.

Existen registros históricos que al inicio de la década de los años 30, ya se realizaba la Fiesta a Nuestra Señora del Rosario de Guasá, el último domingo del mes de octubre, donde la imagen salía en procesión desde su humilde capilla al interior de las minas, hasta la Iglesia Mayor, lo que hoy es la Catedral diocesana, pernoctaba allí para ser objeto de las más puras muestras de veneración y respeto y regresaba al día siguiente, tal como se realiza actualmente.

Casi 20 años más tarde, llega a oídos del entonces Presidente de la República
Laureano Gómez, la idea concebida por los mineros de tener un templo para su “Morenita” por lo que efectúa una visita a las minas. Movido el mandatario por el inextinguible amor que encuentra en estos humildes trabajadores y con seguridad iluminado por la Madre del Cielo, no sólo da visto bueno al proyecto, sino que solicita ampliar en más del doble esta capilla que inicialmente se pensó fuera de 50 metros a una longitud de 120 metros. Así son los designios divinos de Dios y más, cuando percibe el inefable amor que prodigan a la Santísima Virgen.

En 1950, más exactamente el 7 de octubre, tuvo lugar una ceremonia religiosa en aquel oscuro recinto, para bendecir lo que sería la primera piedra y el espacio físico que abrigaría con sus agrisados brazos, a la dulce y excelsa Madre de dios en su advocación del Rosario. La bendición estuvo a cargo del Nuncio Apostólico de Su Santidad en Colombia, Monseñor Antonio Samoré. Una pequeña pieza en mármol memoraba aquel momento con esta consigna:

“De estas bóvedas se hará una iglesia, y en este sitio se erigirá un altar en honor de Nuestra Señora del Rosario, patrona de los Mineros”.

De esta manera y gracias a la Celestial Providencia, el 18 de julio de 1952 sé
concluye la primera etapa de su construcción, de la mano de un reconocido arquitecto y artista, Don José María González Concha.

Finalmente, llega el día que por muchos años habían anhelado los mineros y
moradores de Zipaquirá. El 15 de agosto de 1954, Fiesta de Nuestra Señora de la Asunción, fecha en la que se cumplían dos años exactos de la creación de la Diócesis de Zipaquirá y con un interesante telón de fondo, como fue la Clausura del Congreso Mariano Nacional que reunió a cientos de fieles del país y tuvo como sede a nuestra ciudad de la sal, se inauguró la Catedral de Sal de Nuestra Señora del Rosario de Guasá.

Es importante anotar y aclarar, que el título de catedral dado a este sacro recinto, no lo es bajo norma canónica, es decir no constituye sede del Obispo Diocesano, como si lo es en efecto la Catedral Diocesana de San Antonio de Padua y la Santísima Trinidad, sede del Obispo de Zipaquirá, sino que fue otorgado, en razón a la imponencia, extensión y majestuosidad de su arquitectura.

Una solemne ceremonia se ofició en la Nave Central de la Catedral de Sal,
presidida por el Nuncio Apostólico de Su Santidad en Colombia, Monseñor Antonio Samoré, el Cardenal Crisanto Luque Sánchez (primer cardenal colombiano), el obispo de Zipaquirá Tulio Botero Salazar, varios arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos, así como autoridades civiles y militares, cuerpo diplomático, senadores y demás personalidades de la vida nacional colombiana.

Cerca de 45.000 personas provenientes de diferentes puntos del país, se congregaron en Zipaquirá en esos días. Un mar de gente emocionada aclamó con júbilo, el paso de la hermosa imagen de Nuestra Señora de Guasá, en su recorrido hasta su nuevo y portentoso templo. En el camino de acceso a la catedral, se leían consignas como esta: “Virgen Morena, que la sal de tu templo siga siendo nuestro pan”.

Importantes diarios nacionales como El Tiempo y El Espectador en sus primeras planas narraron lo acontecido. De las 45.000 tan solo 20.000 ingresaron a la ceremonia dentro de la Catedral de Sal.
En la misa de inauguración, Monseñor Samoré, en su homilía elogió no solo el
trabajo de los mineros, de los ingenieros y arquitectos que dieron luz a la obra, si no de las bondades y gracias de Nuestra Señora al proteger a sus queridos hijos que exponen sus vidas en el interior de las minas, por el sustento y amor a sus familias.

 

Aquí una bella frase de tan emocionado panegírico, pronunciado con elocuencia por el representante del Santo Padre Pío XII:
“Al caer de la tarde, cuando el brazo se siente fatigado por la dura labor del día, aquí vendrá el obrero de estas minas a solazar su alma delante de su Patrona y Madre; la esposa y los hijos esperan tranquilos. en el hogar el regreso del padre, convencidos de que bajo el manto de tan celestial Señora, aquellos no correrán peligro…”

Debido a diversas fallas estructurales, la vida útil de la Catedral fue de tan solo 40 años, obligando en 1991 a cerrarla de manera definitiva. De inmediato el IFI Concesión Salinas convoca a un concurso de arquitectos para diseñar la nueva catedral. El 16 de diciembre de 1995 con la presencia del Presidente de la República Ernesto Samper Pizano, es inaugurada la nueva Catedral de Sal, con los diseños del arquitecto Roswell Garavito Pearl y bajo la dirección técnica del ingeniero Jorge Castelblanco. Años más tarde la catedral es declarada la Primera Maravilla Colombia, ante la majestuosidad de sus formas.

Uno de los signos que mayor admiración causa, es la enorme cruz que preside el presbiterio, siendo la más grande bajo tierra del planeta. En el costado izquierdo de la Catedral, se esculpió sobre la roca, la hermosa capilla que acoge a Nuestra Señora del Rosario de Guasá. Como testimonio perenne de agradecimiento, los mineros que participaron en su construcción, dejaron a manera de firma, 127 barrenos, —como se les conoce a las perforaciones que se taladran sobre la roca para introducir la dinamita—, en la pared del nicho de su Santa Patrona.

Desde entonces la hermosa “Morenita” vive en un Palacio de Cristal, llenando de amor a miles de trabajadores y turistas que le visitan. El Creador en su infinita sabiduría, dispuso, pues que la más pequeña de las imágenes de Nuestra Señora, morase en augusto templo, el más imponente, misterioso, mágico y desde luego maravilloso del mundo. Es la historia de nuestra Morenita de Guasá, la Tiznadita, Nuestra Madre del Rosario, Reina y Señora que escogió el seno de nuestra hidalga ciudad, para que en sus entrañas, emergiera entre las rocas salinas, magnífico y sacro palacio, la Catedral de Sal de Nuestra Señora del Rosario de Guasá.

Andersson Rodríguez
Lic. en filosofía y ciencias religiosas - Periodista.

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