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Opinión

¿Usar la violencia en los asuntos públicos?

La violencia pareciera ser la constante en la historia de la humanidad, y se ha convertido en uno de los temas privilegiados en todo tipo de literatura. Así, historiadores afirman que el siglo pasado fue el más sangriento conocido por la humanidad, y que una mirada general sobre siglo XXI muestra su intensificación en eventos como el 9/11 en Estados Unidos, el conflicto de Ucrania en 2009, la crisis de Crimea en 2014, y la guerra contra el Estado Islámico entre 2014 y 2017, sumados a incontables tensiones nacionales e internacionales por múltiples causas.

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Colombia no ha sido ajeno a este fenómeno, donde incluso hay un espacio académico exclusivo llamado “violentología”, que se añade a un sinnúmero de documentales, películas, noticias, y diversas expresiones artísticas al respecto. Ante esta abrumadora realidad, es llamativo que en el 2020 una parte de la población civil continúe exigiendo el uso de la violencia como medio para alcanzar sus fines. Aunque esta solicitud está enmarcada en un viejo debate, vale la pena analizarla bajo algunos supuestos.

 

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La discusión en torno a la violencia versa en esencia sobre quién, cómo y en qué grado se puede monopolizar o ejercer. En Colombia fue evidente en los ataques del 10 y 11 de septiembre de 2020 contra los Comando de Atención Inmediata (CAI) de la Policía por parte de la población civil que realizó reclamos ante el exceso de fuerza que causó la muerte del abogado Javier Ordóñez. El hecho produjo opiniones encontradas: por un lado, algunos criticaron severamente la destrucción y los excesos de las manifestaciones, mientras que otros afirmaron que era la única forma de protestar en un país como éste y que la violencia estatal se rebate del mismo modo; otras réplicas apelaron a la historia para indicar que la violencia ha sido el motor del cambio y por ello sus relatos están atestados de ésta, señalando como ejemplo que la “Independencia” se consiguió a través de los hechos del Florero de Llorente y la Batalla del Puente de Boyacá, o que los derechos actuales en occidente se obtuvieron mediante la Revolución Francesa. La consigna, por tanto, es que los cambios son causados gracias al dinamismo efectuado por la violencia.

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Pese a que la lógica parece cobijar esta serie de enunciados, las consideraciones de Walter Benjamin en su texto “Para una crítica de la violencia” pueden dar algunos matices. El filósofo diferencia la violencia que se puede ejercer por derecho natural y la establecida por un orden legal. La primera se justifica por la justicia de sus fines, es decir, si lo que se pretende alcanzar es justo o no; mientras que la segunda, por la legitimidad de sus medios, o sea, si las formas de ejercerla están permitidas o no. Así pues, en el primer caso toda violencia es justificable puesto que basta con que alguien señale que está luchando por alguna causa noble para así tener el derecho de utilizarla. En el segundo caso estaría permitida si las leyes establecidas por contrato social la consienten. Por esta razón, la violencia de las manifestaciones contra la policía en el caso Javier Ordóñez se enmarcan en el primer grupo, mientras que sus contradictores en el segundo.

 

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Precisamente esto es una paradoja, puesto que cualquier contrato social se establece para contrarrestar la violencia natural, pero implica a su vez que todo contrato desde su origen es violento, ya que cada vez que se instaura un nuevo orden social se hace a través de ésta; pero a la par la paz resultante debe reprimir las violencias hostiles opuestas, hasta que éstas predominan y fundan un nuevo derecho, y así sucesivamente. La misma violencia contra la que se lucha para establecer un nuevo orden social será ejercida e impuesta a los detractores de la nueva autoridad.  

 

Ahora bien, con respecto a la utilización de los relatos históricos para legitimar la violencia, es necesario considerar algunos aspectos que explican su asociación, sin entrar a teorizar sobre sus tipos, escala y jerarquía. Por una parte, la noción de que la historia está abarrotada de violencia es un mero relato heredero de la tragedia griega, que da la sensación de que ha sido el único curso que ha seguido la realidad, porque sólo se narran las peripecias dolorosas, el sufrimiento y la muerte humana, conllevando a que por ejemplo Hegel afirmara que las épocas felices son páginas en blanco en la historia. Por otro lado, la idea es reafirmada por las perspectivas filosóficas propuestas Hobbes, Locke, Maquiavelo o Rousseau que en general afirman una naturaleza humana violenta regulada mediante un contrato social conveniente a los individuos; también la ratifican las teorías de Freud y Fromm para quienes la violencia es una forma constitutiva del ser humano sin que necesariamente sea natural. Desde estas ópticas se entendería que la historia y sus acontecimientos son un devenir de la violencia y, por tanto, ésta la partera del cambio.

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Pese a lo anterior, sin desconocer que en efecto la violencia ha orientado una buena parte del desarrollo de la humanidad, totalizar y creer que todo ha derivado de ella es peligroso, porque claramente es una reducción de la realidad y de la forma como se narran sus hechos. Al pensar que es la única forma de cambio, crea una discursividad en la que las sociedades se leen y reflejan, afectando la noción que se tiene sobre el otro, el pasado, el presente, el futuro, sobre sí mismo y el tipo de sociedad que se es. Así por ejemplo, Eduardo Posada Carbó en “La nación soñada” afirmó que la violencia no ha sido una constante en la historia de Colombia, y que no todas las violencias han tenido la misma magnitud y los mismos efectos, sino que están sujetas a contextos y sujetos particulares, sin embargo, debido a la percepción de la violencia que se emite desde los medios de comunicación y la abundante literatura al respecto, ha conllevado a criminalizar al otro pese a que no todos los colombianos son secuestradores, corruptos o han hecho parte activa del conflicto armado. Es necesario, por tanto, que se matice la forma en que se concibe a los demás, se realice una crítica sobre el uso y los efectos de la violencia, y se piense en alternativas como el diálogo, la legislación y la diplomacia como técnicas de acuerdo civilizado y tratamiento pacífico de los asuntos públicos que ayudan a minimizar la afectación de los individuos en la sociedad.

*Este texto fue semifinalista del Concurso Nacional de Escritura, 2020.

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Ante esta abrumadora realidad, es llamativo que en el 2020 una parte de la población civil continúe exigiendo el uso de la violencia como medio para alcanzar sus fines.

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