Disentir en la era de la tolerancia 5
Opinión

Disentir en la era de la tolerancia

Javier León Duitama

Filósofo Humanista e Historiador.

 

La intensificación y extensión de la comunicación por medios digitales es uno de los mayores logros de la sociedad contemporánea porque puede hacer públicos los pensamientos y opiniones de cualquier persona. Se presencia la democratización de la palabra en su esplendor, donde filtros y miramientos han sido prácticamente eliminados. Estos hechos por atractivos que parezcan tienen ciertas complejidades que merecen ser analizadas como la tolerancia entre puntos de vista opuestos.  

 

En una sociedad donde todos pueden expresar todo, la tolerancia tiene un peso indiscutible, porque implica respetar las ideas, creencias, y prácticas de los demás aun cuando sean contrarias a las propias. En apariencia el principio es simple, pero qué pasa con quienes no lo aceptan, y que por analogía deben ser aceptados. Este fenómeno ya había sido examinado en la paradoja de la tolerancia esbozada por Carl Popper. El filósofo, con un juego de palabras, reclamó en nombre de la tolerancia el derecho a no tolerar la intolerancia, es decir, que quien no profese la tolerancia no puede ser tolerado, ya que los intolerantes podrían imponerse por la fuerza para aniquilar la sociedad que la permitió; sin embargo, son admisibles expresiones de intolerancia enmarcadas en la argumentación racional que no deriven en violencia, porque las sociedades democráticas deben escuchar todas las voces. 

 

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Este postulado se ha malinterpretado, con efectos notorios en la interacción cotidiana y principalmente en las redes sociales. Hechos recientes, son ejemplos de que basta con que un grupo declare intolerante al otro para restringir o prohibir sus ideas: La escritora de Harry Potter, J.K. Rowling fue acusada de transfobia y sus libros fueron retirados de prestigiosas librerías por afirmar que el sexo biológico es real y tiene consecuencias vitales; la serie Little Bratain de Netflix, las películas Lo que el viento se llevó (1939) de HBO y La canción del sur (1946) de Disney fueron removidas de sus plataformas por realizar sátiras y chistes con connotaciones raciales y religiosas, aun cuando se produjeron con criterios morales y en contextos culturales que no corresponden a la discriminación o al racismo. Estos y otros muchos casos muestran que la tolerancia se ha convertido a la vez en dogma y anatema. 

 

Defender posturas que pretendan aniquilar al otro o exterminar la sociedad democrática es inconcebible, pero es un deber luchar por preservar el derecho a disentir y garantizar la multiplicidad de perspectivas. Por el contrario, es evidente en los medios digitales un nuevo tipo de dogmatismo, fundamentalismo o neopuritanismo que en nombre de la igualdad, inclusión y diversidad, pretende vetar las ideas opuestas o no favorables. Con mayor sorpresa se observa que defensores de la tolerancia promueven actos de violencia contra personas, propiedad privada o espacios públicos, justificados bajo el argumento de visibilizar o reivindicar una causa.

 

Aquellos que no están de acuerdo con este radicalismo extremo quedan sin oportunidad de réplica, indefensos en estos espacios de intransigencia severa. Se opta entonces por la dictadura de lo políticamente correcto o la autocensura, temiendo que sean sentenciados como xenófobos, racistas, homofóbicos, fascistas, misóginos, etc., aun cuando sus ideas no promuevan la animadversión o la violencia. Así, el orden racional es sustituido por una suerte de pensamiento único que se impone en nombre de la tolerancia. En este sentido, los medios digitales se han transformado en mecanismos de intimidación e intolerancia, donde los problemas se malinterpretan como ataques sistemáticos aun cuando no lo son: una de denuncia contra un integrante de un grupo étnico o movimiento minoritario por quebrantar la ley, es tomada por miles de internautas como discriminatoria o pro-fóbica. Pareciera que la consigna es que bajo la salvaguarda de la inclusión sí se puede promover el odio y la destrucción, además paradójicamente excluir opiniones, posturas y convicciones contrarias.

 

Por estas razones, en una sociedad democrática todas las voces deben coexistir, es necesario el debate y la disputa de ideas, así como disentir formas de activismo, publicidad, y protesta que se intentan normalizar e imponer como únicas, sin que esto implique eliminar al otro. En este orden de ideas, por ejemplo, un director cinematográfico puede presentar solamente población afrodescendiente en sus películas si ese es su deseo; un escritor puede hablar únicamente de mujeres o miembros del LGBTIQ+; y un artista, representar exclusivamente grupos étnicos sin que signifique que sus perspectivas sean discriminatorias, porque es su derecho expresarlas y representarlas según su parecer, sin dar interminables justificaciones por escoger a unos u otros, y mucho menos hacer inclusiones forzadas. Esta misma lógica aplica al ámbito del pensamiento y demás esferas sociales.

 

Es imprescindible, por tanto, que en las relaciones sociales se tenga como principio el orden argumentativo, antes que el prejuicio y el sesgo. Es fundamental que, mediante la lógica y la escucha, se realice autocrítica a las propias posturas, y se entienda que una opinión es muy distinta a una falta de respeto. Montaigne en su ensayo De la presunción decía que ante la pluralidad de pensamientos y actividades de la humanidad, el punto de vista de cada quién es un elemento más que se añade en la larga serie de miradas distintas, y por tanto no hay razón para que haya prerrogativa de una sobre otras. La mejor actitud es por tanto comprender que todos están en diferentes circunstancias de entender el mundo y hay diferentes formas de acercarse a él.

 

Aquellos que no están de acuerdo con este radicalismo extremo quedan sin oportunidad de réplica, indefensos en estos espacios de intransigencia severa.

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