OPINION
Opinión

Todo por Maryam

 

Por C. Mauricio Riveros B.

 

Roma, diciembre 7 de 1854

 

Ahmad atravesó la calle lentamente, procurando no ser descubierto. Cubrió su rostro como siempre – con la manta que le daba el mismo aspecto que todos los locales. Caminaba en contra del río humano, lentamente para no llamar la atención, con su rostro hacia el piso, como un penitente. La multitud era enorme a pesar de estar cayendo la noche. Todo el día había sido de algarabía y movimiento, llegaron extranjeros de diferentes partes y colmaban todas las calles y callejuelas del centro. En pocas horas se habían instalado puestos de frutas y comida a lo largo de las calles. El gentío era inusual. Alrededor del palacio se estaban formando incontables grupos de peregrinos con sendas antorchas, y bien provistos de comida y abrigo.

 

Estaba a punto de ponerse el sol. En las casas parecía no haber quedado nadie. En las calles, más alejadas había un silencio casi absoluto, salvo por el ladrido de algunos perros lejanos y el llanto ocasional de uno que otro niño. Akram se asomaba ocasionalmente a la ventana. Ya había pasado la muchedumbre con antorchas y algarabía, ahora estaba todo en silencio. No entendía bien el idioma, pero podía oler el peligro en el aire, lo mejor era esperar en silencio – ni siquiera encendió su lámpara, simplemente se acurrucó en una esquina al lado de sus cosas.

 

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De repente se escucharon dos golpes seguidos y suaves en la puerta que le hicieron saltar, luego otros dos más pausados. Era Ahmad. Akram se levantó rápidamente y solo abrió un poco la puerta sin dejarse ver desde fuera. Luego la trancó con un pesado madero. Se sentaron en el piso en silencio, dispusieron sus esterillas en el piso y se concentraron en la oración del Isha’a, unos veinte minutos.

 

– Tenemos que salir hoy, esto se está complicando – dijo Ahmad.

 

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– ¿Hubo algún ajusticiamiento?

 

– Peor – el Pío Nono está haciendo mucho escándalo con lo de la virgen…

 

– ¿Maryam? ¿Y ahora qué? El tumulto no es por cualquier motivo, van dispuestos a pasar la noche en las afueras de palacio, según pude entender.

 

– Es muy raro. Hasta peleas he visto estos días porque unos dicen que Maryam es pura, mientras otros dicen que no.

 

– Lo que es ignorar una verdad. – y de inmediato recitó de memoria: “que el Ungido, Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Alá y Su Palabra, que Él ha comunicado a María, y un espíritu que procede de Él”.

– An Nísa-171, Sura Las mujeres Verso-171 de nuestro amado Corán – agregó. Tenemos que salir de inmediato, estaremos fuera de Roma al amanecer. Por Venecia tardaremos dos meses más, pero es más seguro – respondió Ahmad en voz baja.

Con prisa y aún a oscuras, recogieron sus cosas en silencio. Salieron de su pequeño cuartucho después de las diez de la noche, atravesaron siempre hacia el norte prefiriendo calles vacías, oscuras y sin iluminación. Iban separados diez o quince metros por si alguno era arrestado, entonces el otro podría huir. De cuando en cuando se cruzaban con visitantes y peregrinos que llegaban a Roma a participar en “la proclamación del Papa”.

Solo se detuvieron a comer un poco de lo que llevaban en sus alforjas, caminaron por la orilla de los caminos, evitaron los puentes, los sitios poblados y los grupos de personas. Agotados, lograron llegar a la cima de una pequeña montaña desde donde se podía ver el palacio en Roma. Dispusieron sus esterillas en el piso porque era la hora del Fajr. Oraron en voz muy tenue, acompañados del sonido de los grillos.

De repente se escuchó un estruendo, una celebración allá abajo. Se veían fogatas encendidas, muy, muy altas, que iluminaban una enorme multitud de personas y el sonar de campanas. Los dos hermanos se miraron sin ninguna expresión en sus rostros iluminados por la luna llena, recogieron sus cosas y retomaron su camino.

Media hora más tarde se acercaron a una pequeña casa donde compraron unos huevos y otras viandas. La anciana que los atendió les dijo “el Santo Padre ha proclamado que la Santísima Virgen María ha sido pura desde que fue concebida, mi hijo estuvo anoche allá y acaba de llegar a contarme ¿no les parece una bendición?” – con una gran sonrisa en su cara.

– Que así sea – respondió Ahmad mientras pagaba y se retiraba rápidamente antes que pudieran descubrirlos. Akram no debía hablar porque aún tenía un acento muy marcado, así que se limitó a sonreír y hacer gestos con una mano. Tomaron camino rápidamente hacia el norte, de nuevo al lado de las vías y evitando los puentes.

Al cabo de dos horas se detuvieron a comer en un claro del bosque donde podían cocinar. Akram organizó la pequeña cocina, hicieron la oración del medio día y antes de encender el fuego preguntó a su hermano: “¿No crees que ha pasado demasiado tiempo como para que esta gente no conozca la verdad sobre Maryam? me parece que han sido más de mil años, algo que nosotros sabemos cómo una verdad incuestionable”

 

– Son cristianos, querido hermano, son cristianos… – respondió Ahmad.

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