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¿Quién puede ser juez? En respuesta a: “La minoría vociferante ¿Un juez moral?”

La columna a la que pretendo dar respuesta la puede encontrar en el siguiente link:La minoría vociferante ¿Un juez moral?

Aunque no se pretenda dar fin a una discusión que lleva bastante tiempo incardinada en lo que podemos llamar “cultura social” en Colombia – y el mundo –, este tipo de debates respetuosos y regidos por principios de apertura y escucha son los que nos permiten construir una sociedad en la que confluyan diferentes formas de ver la vida y el mundo.

En principio, una de las grandes críticas realizadas desde la filosofía de la historia, más precisamente en los estudios realizados por la Teoría Critica – lo que se ha conocido popularmente como la Escuela Crítica de Frankfurt – a la democracia, ha sido que se haya permitido a las tan mentadas mayorías pasar por encima de la propia vida y de las libertades personales (bandera de la democracia). Pareciese que la concepción de una mayoría dejara por sentado lo que moralmente se pueda concebir como bueno o malo, cuando la historia ha permitido evidenciar que la exaltación de las mayorías, guardando las debidas proporciones contextuales, ha derivado en el aplastamiento y el linchamiento moral de aquellos que, de una manera u otra, nos atrevemos a pensar y actuar de forma diferente a lo que socialmente se considera como normal, legal o santo. En este punto me atrevo a confirmar, desde muchas perspectivas, que la licencia plena para responder con ira y desdén frente a la censura de la diferencia se ha gestado en las morales puritanas que por siglos han regido de forma arbitraria nuestros territorios.

Pareciese que, a este punto, solo se tratase de un tema político. Resulta muy fácil hablar de minorías vociferantes a la distancia cuando no se ha experimentado en carne propia lo que es la censura, el matoneo y la persecución por cuestión de sus diferencias, las cuales pueden ser raciales, religiosas, étnicas, de orientación sexual y miles de diferencias que pueden ser razón suficiente para aquellos que si pueden fungir como jueces porque viven moralmente según lo dicta una norma – si es que existe un caso de tal perfección –. Considero que el problema se debe abordar desde una perspectiva cultural.

El pasado 11 de abril, por ejemplo, una pareja homosexual (Tato y Beto) fueron brutalmente agredidos en el conjunto residencial donde viven. Sus propios vecinos los mandaron al hospital con heridas de gravedad de la golpiza que les propinaron, sumado a la violencia psicológica a la que los estaban sometiendo previamente, durante y después de haber acudido a la primitiva práctica de la violencia física. El pasado 29 de mayo una mujer lesbiana fue agredida físicamente y con arengas homófobas por parte de un taxista, el cual le estaba cobrando excesivamente por una carrera desde Chapinero hasta San Cristóbal en el sur de la ciudad de Bogotá. Entre otros muchos casos que se pueden encontrar fácilmente retratados por los medios de comunicación del país.

Bien puedo concordar con que “la cultura de la cancelación” es una práctica recurrente por parte de miembros de movimientos y colectivos que se tildan de minoritarios, sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo como si la supremacía moral la tuviesen dichos movimientos, cuando la realidad muestra claramente que las prácticas de real violencia están orientadas en otra dirección. Ahora bien, la democracia, como un principio político, debe garantizar que sin importar las diferencias existentes entre los modos de vida que tenga cada uno de los ciudadanos, se respete la vida y la integridad personal de cada individuo. Si hemos de hablar de principios democráticos, el hecho real es que en Colombia la democracia solamente se efectúa desde las mayorías, aún más cuando esta discusión se plantea en términos morales.

Resulta interesante que se tomen las redes sociales o medios masificados de comunicación para abordar este tema, en especial si se tiene en cuenta que los algoritmos responden a los intereses propios de cada persona. No pretendo fungir como un especialista, pero en mi caso, como escritor de esta columna, no puedo permitirme el gusto de caer a la baja capacidad de argumentación y a la proliferación de imágenes, memes y comentarios que subyacen a cada publicación en las redes. Sería bastante irresponsable recurrir a estos espacios para fundamentar una práctica que, a todas luces, es llevada sin fundamento por una inmensa mayoría de personas de todas las orillas ideológicas. Incluso, poner en función de una suerte de conspiración mundial (lobbys y demás) la proliferación de comentarios y utilización a conveniencia de los demás recursos de las redes sociales, a pesar de lo poco creíble, es un recurso que está al alcance de cualquier pensamiento, ideología o creencia. Sin contar con el alto grado de suplantación aunado al alto grado de ignorancia del consumidor promedio de este tipo de plataformas.

Michel Foucault, abordaba en una conferencia radiofónica titulada “Heterotopías y el cuerpo utópico”, una gran variedad de reflexiones que apuntan al problema que ahora nos aqueja. En primer lugar, cabe resaltar que el solo hecho de tildar a un grupo o colectivo social como minoría ya lo está desencajando de la brújula legal, moral y social en la que se encuentra dicho juez, ese se podría tildar como el primer momento del juicio; esto nos permite, en segundo lugar, derivar que si los primeros que han llegado a la categoría de un juicio moral son los que se consideran mayoría, estos están sujetos a que el juicio moral sea devuelto, muchas veces en la forma estrepitosa en la que lo han realizado. Este ejercicio, el cual es un ejercicio de poder que está inmerso en todas nuestras prácticas culturales, legitima la función de jueces que todos podemos tener, aún más, que todos ejercemos en la cotidianidad independientemente de cualquier activismo político, sexual, etc.

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Es necesario, como se afirma en el artículo al que doy respuesta, que no se censuren los derechos de los grupos diferenciales, en especial en un país que se configura como un Estado Social de Derecho, es imperante que aprendamos como sociedad a establecer caminos de diálogo que nos permitan entendernos en términos de convivencia a pesar de nuestras diferencias.

Aunque sea válido que en un sistema de mayorías las normas “acordadas” se lleven a su pleno cumplimiento, es necesario no olvidar que bajo las banderas de la legalidad y de las mayorías se han cometido grandes atrocidades a lo largo de la historia, cual fuera el caso conocido recientemente en Canadá, donde una mayoría preponderante se suma a la lista de genocidas históricos que desconocen la cultura y la primacía de la vida, poniendo por encima sus creencias personales, sus morales privadas y sus prácticas más censurables que cualquier intento por respetar la vida del otro y con su vida, todo su sistema de creencias.

Cuando se trata de acciones contrarias a la vida y a la libertad de construirse bajo su propio criterio, todos somos jueces.

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