En los linderos del fascismo
Opinión

En los linderos del fascismo


ZIPAQUIRÁ, CUNDINAMARCA.


Andrés Leonardo Calvo Camelo

Licenciado en Filosofía

 

Uno de los factores de importancia con respecto al conocimiento de la historia es la no repetición de hechos que, de alguna u otra manera, son motivos de vergüenza para la conciencia humana y el sello de progreso que guarda nuestra sociedad contemporánea, un progreso que, en palabras de Walter Benjamin, no es más que un viento huracanado que ha dejado estragos a su paso, una visión poco requerida por nuestros gobernantes o caudillos políticos. A fin de cuentas, el progreso es la excusa principal para el establecimiento de políticas nefastas como la “seguridad democrática” o la idealización de un totalitarismo camuflado bajo la imagen de un humanismo progresista.

 

¡Vaya hipocresía la que caracteriza a todos estos movimientos por igual! ¡Se consideran legítimos herederos del poder cuando la mayor parte de la población ha perdido en realidad la fe y la esperanza en la institucionalidad estatal colombiana! Todos ubicados en orillas diferentes son incapaces de ver la verdadera profundidad de la crisis cultural que vive nuestro país, aunque “nuestro” ya suene a puro cliché. Estamos atravesando por una fuerte división estructural que solo puede ser la antesala de una fractura profunda de nuestra frágil identidad social; lo realmente negativo es que la misma sociedad se niega a reconocerse en crisis por fuera de las ideologías políticas y de los malos gobiernos que nos han tocado a lo largo de la historia republicana, además de todos los problemas heredados por decisiones políticas o sociales que ya se han replicado con una eficacia virulenta.

 

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Albert Camus resalta que el surgimiento del fascismo radica en el desprecio, especialmente cuando este se convierte en la práctica de una política de Estado. Lo peligroso de un gobierno que no puede sacar la cara ante su país más que por la negligencia de su actuar, es que el discurso se convierte en su arma primordial, un discurso que se centra en la configuración de enemigos públicos, tanto en la práctica como en la ideología; un elemento que se ha podido evidenciar en una serie de eventos adversos que se han ido presentando a lo largo de este y otros gobiernos – que ya son de conocimiento público – y que han fortalecido la dinámica de amigo-enemigo en la aplicación de políticas oficialistas.

 

La configuración real de estas políticas extremistas – que rayan actualmente en el fascismo – no están mediadas de manera exclusiva por el actuar del aparato estatal, sino que evidentemente hay una gran responsabilidad en el comportamiento y las dinámicas culturales del aparato social; un ejemplo claro de esto es el desmesurado intento por respaldar o desacreditar ideologías políticas a través de insultos, mentiras y retroalimentación de la violencia que ya es característica hacia el interior del país. Sin embargo, es claro que no se puede dirigir un juicio en torno a una civilización que le han sido negados los elementos de base para poseer un pensamiento crítico por generaciones, una sociedad que, a pesar de tener actualmente muchos medios para formarse de manera autónoma, no poseen una disciplina y cultura para replicar actitudes que nos desvinculen de una violencia y desigualdad estructurales.

 

Por esto es importante que se centre la atención en los actores del Estado, dado que son ellos quienes, bajo el idílico despropósito de una sociedad objetiva a través de una hegemonía democrática, han instaurado políticas públicas que nos tienen en un punto de posible – me atrevería a decir inminente – colapso. En esta medida, se genera un proceso de colonización interna de la mentalidad social, lo cual, en palabras de Camus, podría llamarse “conquista hacia el interior” a través de la propaganda. Parece, además, que este proceso ya lleva un avance significativo considerando que muchos medios de comunicación y la ignorancia masificada en redes sociales se han encargado de promover una serie de sentencias irracionales en torno al mesianismo extremista que nos va a librar de las garras de un castrochavismo inexistente o de los enemigos de la estable institucionalidad del Estado Colombiano.

 

¡Basta ya de ver la cara de idiotas a la ciudadanía! Y ¡basta ya de tomar a la población como replicadores de sus odios! Somos una sociedad que no se puede dar el lujo de frenar un poco más su economía para cuidar la salud en medio de una pandemia por el resultado de políticas negativas a lo largo de la historia, somos una sociedad que no puede debatir de forma tranquila sin lavar la ropa sucia en frente de todo el mundo, somos una sociedad que mantiene al agro en crisis, a los trabajadores con sueldos miserables que no dan para tener estándares altos de vida digna. Se podría continuar enunciando una serie de elementos que reflejan la precariedad estructural de nuestra sociedad, pero quisiera centrar la atención en un factor real que pocos tienen en cuenta y es que, mientras algunos se glorían de tener 10 u 8 millones de votos en las urnas se desconoce que, rondando el 47% de la población votante en las pasadas elecciones y por encima del 50% en años anteriores corresponden al abstencionismo.

 

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No es justo que salgan a hablar de un Estado legítimo cuando cerca de la mitad real de votantes están hastiados de la política que siempre ha representado este país, cuando la legitimidad se ha perdido porque las personas ya no confían en este sistema de representación que, desde antaño, está marcado por intereses económicos legales e ilegales. ¡Mientras muchos se rasgan las vestiduras hablando del narcotráfico y del poder de la Banca en Colombia, ambos se han dado la mano para mantener en el poder a los títeres que respaldan sus intereses y dejan pisoteados a aquellos que, desde su abstención, se pronuncian para decir que ya están mamados!

 

La actitud ética de un verdadero gobernante que pueda liderar esta caótica sociedad estaría en reconocer que la mayoría en realidad no está representada y que es necesario transformar muchos aspectos formales del aparato estatal, empezando por el sistema educativo que permita prevenir situaciones de división profunda como la actual, dotando de criterio a la sociedad y de autoridad moral a quienes llegan al poder. Resulta imprescindible que este gobernante ideal no tenga señalamientos de ningún tipo y que, además, retomando a John Rawls, sea capaz de tener un criterio de justicia claro para llevar a cabo un verdadero proyecto de sociedad, cerrando brechas económicas y restituyendo la confianza de la población en la institucionalidad. De lo contrario, seguiremos transitando por los linderos del fascismo.

 

¡Basta ya de ver la cara de idiotas a la ciudadanía! Y ¡basta ya de tomar a la población como replicadores de sus odios!

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