Sebastián Abello: el administrador de negocios internacionales que construye desde la comunidad el tejido emprendedor de Zipaquirá

A sus 25 años, Juan Sebastián Cárdenas Abello lleva en sí el liderazgo independiente de una comunidad de 360 emprendedores de Zipaquirá. Su historia no empieza en una oficina: empieza en un hogar de mujeres y en la convicción de que su ciudad tiene más potencial del que se le ha sabido reconocer.

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Hay una vista que Juan Sebastián Cárdenas Abello mira todas las mañanas desde su hogar en el barrio San Pablo de Zipaquirá (Cundinamarca): el Cerro del Zipa, recortado contra el cielo. Ahí vive con su madre y con su abuela, en la misma casa donde ha vivido casi toda su vida, en la misma ciudad donde nació hace 25 años, un 25 de abril. Creció rodeado de mujeres que, dice, le enseñaron lo único que de verdad importa: tratar bien a las personas, trabajar con disciplina y no rendirse cuando las cosas se ponen difíciles.

Con ese aprendizaje a cuestas, acumuló también un título universitario, una especialización, y lleva en curso una maestría. Pero crecer profesionalmente no significó alejarse de sus raíces: sigue viviendo en el mismo barrio donde creció, cerca de la gente y de la ciudad que ha marcado su historia.

Tampoco es poca cosa que haya renunciado a un cargo estable en una multinacional para volver, con las manos casi vacías, a construir una iniciativa que nadie le encargó, pero que muchos emprendedores de la ciudad necesitaban: una red de 360 emprendedores que hoy se conocen regionalmente, en parte, gracias a él. “No quiero que me posicionen como influenciador”, dice. Lleva meses visibilizando gratis a emprendimientos y negocios locales, pero insiste en que lo suyo no es hacer contenido. Es construir comunidad, conectar personas y abrir oportunidades.

De su madre aprendió que la política se hace escuchando

Hay que volver, para entender todo esto, a Milena Abello, su madre. Fue concejal de Zipaquirá entre 2008 y 2011, sin partido fuerte detrás, sin dinero de campaña que la respaldara. Era catequista. Hacía trabajo social porque le nacía, no porque se lo exigieran. Ganó su curul visitando a la comunidad y tratándola bien. Se retiró por motivos de salud, pero dejó instalada en su hijo una certeza que él repite como mantra: que el trabajo con la comunidad, si no está hecho con respeto y con servicio, no sirve para nada.

De ese hogar marcado por la disciplina y la presencia de su madre y su abuela, Juan Sebastián salió con una guitarra que aprendió a tocar por su cuenta, un revés de tenis construido a punta de práctica y un manejo de Excel que le abrió las primeras puertas laborales de su vida.

Los primeros años

Antes de todo eso hubo un niño en el Gimnasio Campestre Santa Sofía, el único colegio que conoció, ahí mismo en Zipaquirá, sin un solo año fuera del municipio. Un niño que, en lugar de guardar sus dibujos, los ofrecía entre los compañeros y los vendía. Cambiaba dulces por monedas, sin saber que allí empezaba a despertar una vocación que años después lo llevaría a trabajar por los emprendedores de su ciudad.

De ahí pasó a la Universidad de la Sabana, en Chía, a estudiar Administración de Negocios Internacionales. Trabajó al mismo tiempo en tres dependencias de la universidad, entre ellas la Dirección Central de Estudiantes, donde diseñó un sistema para ayudar a no perderse en el camino académico a cerca de 1.600 estudiantes del programa Ser Pilo Paga. Se graduó en 2023. Lo nombraron estudiante distinguido. Y más tarde (porque el aprendizaje en su caso nunca se detuvo) se especializó en Gestión Empresarial en el Politécnico Grancolombiano y empezó una maestría en Comunicación Política, de nuevo en la Sabana, de nuevo cerca de casa.

Un millón de dólares en equipos médicos, a la primera maravilla de Colombia

Llegó a Philips Colombia como practicante. Le entregaron, sin más, la responsabilidad de importar, mover y entregar equipos de resonancia magnética y tomografía cuyos valores podían alcanzar hasta un millón de dólares. Terminó la práctica y lo contrataron de planta. Durante casi dos años fue el hombre detrás de la cadena de importación e inventarios de equipos médicos en clínicas de todo el país. Tenía, en otras palabras, lo que cualquiera llamaría una carrera asegurada.

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En septiembre de 2023 la dejó. No hubo escándalo ni crisis: solo la sensación, dice, de que necesitaba un trabajo con más sentido. Meses después estaba sentado en una oficina de la Catedral de Sal, haciendo mercadeo para la primera maravilla de Colombia.

Pasó casi todo 2024 en la modernización de la página web de la Catedral. Cuando terminó, las ventas por canal digital habían subido más del 30%. Se fue en julio de 2025, con la tarea cumplida.

El sector gastronómico y la soledad de los demás

Entre un empleo y el otro, la idea de crear una red de 360 emprendedores no nació en un escritorio. Nació caminando. Juan Sebastián se fijó en el sector gastronómico de Zipaquirá, donde los negocios suelen trabajar unidos, apoyarse entre sí, no dejar a nadie solo. Y se fijó, también, en todo lo contrario: decenas de emprendedores de otros rubros dispersos por la ciudad, cada uno peleando su propia batalla sin saber que el de al lado libraba la misma.

Creó un grupo de WhatsApp. Empezó a enviar tips, videos cortos, ideas de estrategia. Hoy ese grupo tiene cientos de personas. Y tiene, también, historias que se cuentan solas. Un ejemplo es Tajadísimas: vendía sus productos en una sola joyería del centro y en el sector de “cinco esquinas”; después de que Juan Sebastián los visibilizara, empezaron a recibir pedidos semanales de 200 paquetes y terminaron siendo proveedores oficiales del Parque Jaime Duque.

Así les ha colaborado a muchos emprendedores que no hacían contenido porque no tenían tiempo (tenían que fabricar, tenían que vender, tenían que vivir): los promociona sin cobrarles un peso.

Comer en familia, comer en comunidad

Cuando le preguntan por sus recuerdos de infancia, no habla de juguetes ni de fiestas. Habla de comida. Su familia todavía le dice, en broma, cuánto ha disfrutado siempre sentarse a la mesa, y él lo recibe como un cumplido disfrazado: porque detrás de esa broma está uno de los recuerdos más nítidos que tiene de su madre, las dos sentados a comer en algún rincón de Zipaquirá. El lugar favorito de aquellos años era La Estación, en la Avenida 15.

Esa memoria no se quedó en la nostalgia. Se volvió proyecto. Juan Sebastián cree que la comida de Zipaquirá dice algo sobre quiénes son sus habitantes (gente que no se rinde fácil, gente “echada para adelante”, como repite él mismo), y por eso una parte de su comunidad de emprendedores está dedicada exclusivamente al sector gastronómico: los mismos videos gratis, la misma lógica de no dejar a nadie solo.

La ciudad que lo vio crecer


Desde 2023 corre casi todos los días por los alrededores de la Catedral de Sal, y dice que esos trotes le mostraron una Zipaquirá que antes no veía: la de los paisajes que mezclan piedra y monte, cemento y verde.


Pero no es un hombre que mire su ciudad con los ojos cerrados. Le indigna que barrios como San Miguel o Barandillas sigan esperando lo que el resto del municipio ya tiene. Le duele que Zipaquirá haya crecido en ladrillo sin crecer, al mismo ritmo, en oportunidades, seguridad, movilidad y calidad de vida. Cree que una ciudad no puede medirse solo por lo que construye, sino por la forma en que responde a quienes más tiempo llevan esperando.


Y es, quizás, esa misma incomodidad la que lo mantiene caminando, grabando, organizando: la certeza de que una ciudad no termina de crecer cuando se levantan sus edificios, sino cuando nadie en ella tiene que librar solo su batalla.

Lleva meses promocionando gratis a emprendimientos locales, pero insiste en que lo suyo no es hacer contenido.
Es organizar comunidades.