Miles de personas transitan a diario por la Autopista Norte a la altura de Chía (Cundinamarca), sin saber el origen de la imponente estructura circular de ladrillo que se encuentra cerca del Castillo Marroquín. Se trata de la Plaza de Toros de La Caro, una obra monumental e inconclusa que permanece abandonada desde hace más de tres décadas y cuya historia está relacionada con el narcotráfico colombiano de los años ochenta y noventa.
La edificación, ubicada en el sector conocido como La Caro, fue impulsada por Juan Camilo Zapata Vásquez, alias «Darío», un narcotraficante vinculado al Cartel de Bogotá y socio cercano de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias «El Mexicano». El predio fue incautado por el Estado en 1991, antes de que la construcción llegara a terminarse, lo que explica su estado actual de deterioro.
¿Quién construyó la plaza de toros de Chía y por qué quedó inconclusa?
Zapata Vásquez adquirió el Castillo Marroquín durante la década de 1980 con la intención de desarrollar un complejo de grandes proporciones que incluyera caballerizas y un escenario taurino de gran envergadura. El propósito, según los registros disponibles, era atraer público hacia el sector y dar una fachada de legitimidad a negocios financiados con recursos de origen ilícito.
El proyecto nunca se concretó. En 1991, la propiedad fue objeto de un proceso de extinción de dominio, mecanismo legal que permite al Estado colombiano incautar bienes adquiridos con dineros provenientes de actividades criminales. Desde entonces, la plaza quedó congelada en el tiempo, sin actividad ni mantenimiento, convertida en un vestigio físico del auge y la posterior desarticulación de las estructuras del narcotráfico en el país.
¿Qué otros episodios se han registrado en el lugar?
Durante la década de los 80, la Plaza de Toros de La Caro, aunque inconclusa, sirvió como un punto de encuentro recreativo para capos del narcotráfico y socios de los carteles de Medellín y Bogotá. Zapata Vásquez, reconocido apasionado por la cría de caballos de paso fino, utilizaba la arena no solo para la lidia de toros (en eventos esporádicos o privados), sino también para exhibir sus mejores ejemplares equinos ante sus allegados. Esta actividad, común entre los narcotraficantes de la época, servía como una forma de legitimación social y ostentación de riqueza, permitiéndoles participar en ferias y codearse con la élite caballista del país.
Con el paso de los años, la plaza abandonada también se convirtió en un punto de referencia para practicantes de exploración urbana, quienes han documentado la estructura mediante fotografías y videos con drones, resaltando su aspecto de ruina moderna en medio del paisaje de la sabana.
¿Quién administra hoy el predio y qué destino tendrá?
Desde su incautación, la administración del bien ha estado a cargo de entidades estatales encargadas de gestionar activos extinguidos por narcotráfico: primero la Dirección Nacional de Estupefacientes y, en la actualidad, la Sociedad de Activos Especiales (SAE). Durante más de tres décadas, el predio permaneció en un limbo administrativo mientras la construcción de ladrillo se deterioraba de manera progresiva.
En mayo de 2024, el presidente (en aquel entonces) de la SAE, Daniel Rojas Medellín, anunció que el conjunto del Castillo Marroquín, que incluye la zona de la plaza de toros, forma parte de un paquete de 69 bienes incautados que serán entregados a universidades públicas del país. La entidad ha señalado que la iniciativa busca dar un uso educativo y cultural a inmuebles que en el pasado sirvieron para el lavado de activos.
¿Qué retos ambientales plantea un eventual proyecto en la zona?
El entorno inmediato de la plaza, rodeado de humedales y vegetación propia de la sabana de Bogotá, impone restricciones que deberán tenerse en cuenta en cualquier desarrollo futuro. La cercanía de estos ecosistemas exige una planificación que concilie el uso educativo proyectado por la SAE con la preservación de las condiciones ambientales del sector.
Desde entonces, la plaza quedó congelada en el tiempo, sin actividad ni mantenimiento, convertida en un vestigio físico del auge y la posterior desarticulación de las estructuras del narcotráfico en el país.













