significativa en hogares y comercios de todo el país. Sin embargo, junto con esta tradición también crece un riesgo poco visible: la circulación de productos que no cumplen condiciones adecuadas de conservación.
En medio de la alta demanda, se intensifican situaciones en las que el almacenamiento, el transporte y la manipulación no garantizan estándares sanitarios mínimos. Este escenario eleva la probabilidad de intoxicaciones alimentarias y otros problemas de salud que pueden evitarse con decisiones informadas al momento de comprar.
El punto de partida es claro: no todo pescado disponible en el mercado está en condiciones aptas para el consumo.
Lo que no se ve: fallas que aumentan el riesgo
Cuando se incrementa el volumen de ventas, también se ejerce mayor presión sobre la cadena de distribución. Esto puede derivar en prácticas inadecuadas como:
- Interrupción de la cadena de frío.
- Exposición prolongada a temperatura ambiente.
- Manipulación sin condiciones higiénicas adecuadas.
- Almacenamiento en superficies contaminadas.
Estos factores aceleran el deterioro del producto, incluso cuando su apariencia inicial no genera sospecha.
Señales que permiten identificar pescado en mal estado
Reconocer un pescado en mal estado no requiere conocimientos especializados, pero sí atención a características visibles y perceptibles.
Ojos: primera señal de alerta
Deben ser brillantes, transparentes y ligeramente saltones. Si están opacos, hundidos o con tonalidad gris, indican pérdida de frescura.
Piel y escamas: textura y consistencia
La piel debe mantenerse húmeda, con brillo natural y colores definidos. Las escamas deben estar firmemente adheridas. Si se desprenden con facilidad o la superficie luce opaca, el producto ha comenzado a deteriorarse.
Agallas: indicador directo del estado
Un color rojo o rosado intenso y aspecto limpio reflejan buen estado. Tonos amarillentos, oscuros o grises evidencian descomposición.
Olor: verificación final
El pescado fresco tiene un aroma suave y característico. Un olor fuerte, penetrante o similar al amoníaco indica que no es apto para el consumo.
La cadena de frío: el factor determinante
La conservación es uno de los aspectos más críticos. El pescado debe mantenerse refrigerado o sobre hielo de forma constante desde su captura hasta la venta. Cualquier interrupción favorece la proliferación de bacterias y acelera su deterioro.
Por ello, es fundamental verificar que el producto esté en vitrinas refrigeradas, con hielo limpio y sin acumulación de líquidos, condiciones que reflejan un manejo adecuado.
Comprar con criterio también protege la salud
Una elección inadecuada puede derivar en molestias gastrointestinales o en afectaciones más complejas, especialmente en población vulnerable como niños, adultos mayores o personas con enfermedades preexistentes.
En contraste, una compra consciente reduce estos riesgos y permite un consumo más seguro en una temporada de alta demanda.
Evitar la prisa: una decisión que marca la diferencia
Comprar pescado no debe ser un acto impulsivo. Observar, comparar y tomarse unos segundos adicionales puede prevenir consecuencias posteriores.
Durante Semana Santa, más allá de la tradición, la prioridad es la seguridad alimentaria. Identificar señales, verificar condiciones y elegir con criterio son acciones esenciales para evitar riesgos innecesarios.

El volumen de ventas durante Semana Santa
exige mayor control en almacenamiento y transporte.













