Una brujula sin norte
Opinión

Una brújula sin norte

Andrés Leonardo Calvo Camelo

Licenciado en Filosofía.

 

En los días pasados el país sufrió una serie de eventos que no se pueden calificar de otra forma que no sean como desastrosos. Un tema que va mucho más allá de las diferencias políticas con el Gobierno de turno, sino que se evidencia en el desorden social y moral en que se han materializado toda una serie de problemas mucho más relevantes que las discusiones sin sentido que tanto preocupan a las personas en las redes sociales.

 

Todos han de recordar los hechos que acontecieron en Estados Unidos relacionados con un operativo policial menor que derivó en la muerte de George Floyd, lo cual desató toda una serie de manifestaciones campales y virtuales en contra de los hechos. Pero más allá de eso se desató fuertemente un movimiento en contra de las acciones de racismo y las prácticas de discriminación que, para nadie es un secreto, son comunes en Estados Unidos y en todo el mundo. Sin embargo, hubo muchas críticas en torno a dicho tema por lo desfasado de sus motivaciones y de sus acciones que demostraron un alto grado de incultura histórica y social. Sin quitar de lado lo condenable del actuar policial, en este hecho y en muchos otros que tienden a volverse el pan de cada día en ese país.

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A raíz de esto, en las redes sociales se volvió tendencia el tema. Era imposible no darse cuenta de lo que estaba aconteciendo a través de una campaña que cubrió, de manera acelerada, todos los dispositivos móviles de quienes, con frecuencia, acudimos a estos a diario, en un repaso cotidiano de nuestras redes o de nuestro email. Vaya agilidad con las que los medios fueron cubriendo esta noticia que conmovió a la comunidad negra y, efectivamente, a los defensores de derechos humanos que ya se han manifestado lo suficiente al respecto.

 

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Sin embargo, en Colombia, solamente durante los días pasados han surgido una serie de noticias que bien pueden ponernos a pensar sobre la relevancia que deberían tener nuestros muertos. Solamente para reseñar:

 

  • El 30 de julio, Luis Álvarez Campuzano, un joven de 17 años, en el barrio Altos del Rosario en la ciudad de Sincelejo – Sucre, fue agredido por otro joven de su misma edad en un acto de discriminación por su orientación sexual, hechos que derivaron en violencia y que ocasionaron que Luis perdiera uno de sus brazos al ser atacado brutalmente a machete.

 

  • El pasado domingo 9 de agosto, en el corregimiento de Santa Lucía en el municipio de Leyva – Nariño, dos estudiantes, dos niños, fueron asesinados a sangre fría mientras se dirigían a su escuela a entregar unas tareas. Las primeras hipótesis se dirigen al actuar de grupos paramilitares en la zona. Aunque, como en todo, los hechos siguen siendo materia de investigación.

 

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  • El pasado 13 de agosto, el periódico El Tiempo reseñó el hallazgo de 5 cuerpos al oriente Cali de jóvenes entre los 14 y 18 años, todos amigos, masacrados de manera violenta. Hechos a los cuales se les suma el testimonio reciente de una de las madres que, con crudeza, narra lo que sucedió mientras desesperadamente los buscaban y cuenta sobre la posible complicidad de miembros de la policía.

 

  • En la mañana del domingo 16 de agosto, las redes volvieron a ser testigos de una nueva masacre en el municipio de Samaniego (Nariño), en donde 9 jóvenes fueron asesinados y otros cuantos quedaron heridos por causa de una incursión de un grupo armado, sumándose a la larga lista de personas arrastradas vilmente por el recrudecimiento de la violencia en el país.

 

Estos hechos demuestran, junto con otros que ya hacen parte de la historia olvidada de una población sin memoria, que se han perdido de vista las verdaderas prioridades morales de nuestra identidad cultural. No existe un respeto real por la vida y la integridad del otro. En el primer caso, el de Luis Álvarez, queda por sentado que, a pesar de los prejuicios ridículos que se sientan en torno a la educación basada en la inclusión, es necesario repensar nuestros pilares éticos al momento de formar a las personas. Resulta impresionante que existan personas capaces de negar la discriminación sistemática y estructural que se ejerce contra la homosexualidad y todo tipo de expresión diversa en torno a la sexualidad a lo largo y ancho del país; claro está que se evidencia con un alto margen de diferencia hacia la negatividad en los sectores menos urbanizados. No se puede negar una lucha por la dignidad de la propia existencia sin sobreponer ningún interés religioso, político o personal a la vida y la libertad del otro.

 

Por otra parte, los otros tres hechos enunciados, son muestra de un decaimiento moral en el aprecio simple por la vida. De una manera lastimosa han surgido personas capaces de justificar estos hechos, camuflándose en falacias o sofismas políticos que parecieran dejar de lado el verdadero problema que hay de fondo. No se trata ya, siquiera, de militares muertos o policías emboscados en el cumplimiento de su deber, resulta que, al parecer, hasta ser niño, adolescente o joven adulto, resulta ser un problema relacionado con la guerra.

 

Se podría seguir con una serie de noticias que, con la facilidad de los habitantes de este país, ya pasó al olvido y no merecen más de un “Dios los tenga en su santa gloria”, mientras continuamos con nuestra vida y, en el peor de los casos, dando nuestro pellejo a través de esas interminables discusiones que piensan en poner a Álvaro Uribe y su séquito de fanáticos en un pedestal como el salvador de un país que cada vez está más hundido.

 

Pareciera que, como sociedad, nos enfrentamos a dos problemas muy graves. Por lo menos desde mi perspectiva, la primera es la más grave de todas y consiste en que nos hemos acostumbrado a ser una tierra bañada y refundada constantemente con la sangre de los otros, tema que nos resulta hasta pintoresco mientras que esos muertos no sean nuestros. Aquellos que pensamos que el país anda en una caída libre, los que somos llamados constantemente como “mamertos” y desadaptados, llevamos clamando – algunos con mayor impacto que otros – por la muerte de líderes sociales, por la reactivación de grupos paramilitares y por el retorno de disidencias de las FARC. Sin embargo, es difícil lidiar con una cultura visceral que considera como falla en la justicia la condena a un hombre poderoso, pero que se niega a ver todas estas injusticias contra personas del común, personas que, según las noticias leídas, no tienen más pecado que su propia existencia.

 

A esos empecinados generadores de odios y rencores ideológicos es importante mostrarles esta Colombia doliente que, por mucho, nos recuerda como sociedad a la violencia de las décadas de los 80s y 90s. Reviviendo los recuerdos para verlos nuevamente hundirse en la mezcla de sangre y lodo que deja a su paso la indiferencia de aquellos que se creen poseedores de la verdad. Como ser humano, me resulta más impensable que se le haya generado un revuelo mediático a la muerte de una persona fuera de nuestro territorio (con todo lo condenable y atroz que esto fue), que toda la cantidad de sucesos que, ocurridos dentro de nuestro territorio, han evidenciado un desinterés total por la vida del otro. No hay movimientos de indignación, ni campañas con hashtags que pidan una respuesta inmediata del gobierno y de la fuerza pública que están para garantizar la seguridad – como mínimo – y el respeto por los derechos de cada uno de los habitantes de esta tierra de sangre llamada Colombia.

 

Por otra parte, y no es un tema alejado de esa indiferencia social por sus propios muertos, está toda esa ala política que solamente es un reflejo de esa indiferencia y de un profundo desconocimiento de las verdaderas necesidades que tiene el país. Resulta increíble que, a pesar de todo lo negativo que está sucediendo en el país, así por la cantidad de muertos que nos ha dejado el recrudecimiento de la guerra como los efectos económicos que ha dejado esta contingencia nacional – con un pésimo manejo – y el incremento continuo del desempleo, la fuente principal de noticias se centre en la medida de aseguramiento de una persona que ostenta uno de los poderes políticos más fuertes del país durante muchos años, medida que no define su situación judicial, sino que se limita a la no intromisión en el proceso que se adelanta en su contra.

 

Resulta totalmente desfasado que el motivo de protesta de los parlamentarios, que en la actitud de “rebeldía” más inepta ponen imágenes de un expresidente en las curules del congreso como si, en un acto de clara idolatría, fuese el mesías que tanto ha esperado este país. Lastimosamente, los intereses de las mayorías parlamentarias demuestran, cada vez con más intensidad, el desconocimiento, adrede, de las realidades que sufre a diario nuestro país.

 

De una manera similar, el Presidente de la República – si es que así se le puede llamar – tiene en su frente todo un despropósito que se centra en los intereses de su partido y no de aquellos males que están desangrando el país. Pareciera que, hasta este momento, no se ha dado cuenta que dirige todo un país y que ya no está realizando campaña política. Toda una clase dirigente digna de todos los calificativos castizos y cotidianos de corrupción, elitismo, entre muchos otros que no viene al caso mencionar. Lastimosamente, nos encontramos, sin armas, de frente a un gobierno que no le interesa en lo más mínimo el bienestar de aquellos que estamos afrontando el resultado de largos años de malos gobiernos puestos al servicio de los intereses de particulares.

 

Es imposible no pensar en tomar una posición que nos permita repensarnos como sociedad. Resulta impensable que existan personas que no se den cuenta de la decadencia moral real que afecta a nuestro país, en donde aún existan muertos de primera, segunda y tercera categoría. Un país donde se piensa la justicia y el replanteamiento dictatorial del bloque de constitucionalidad en favor de ladrones de cuello blanco. Ahora, bajo un estilizado fascismo que se victimiza frente a las decisiones legítimas – por fin – de la Corte Suprema de Justicia, estén promoviendo odios fundados en las diferencias ideológicas, como lo es el claro ejemplo de el ht #despideaunmamerto.

 

Ya viene siendo hora de que en este territorio desterremos por completo esa mentalidad que refleja un profundo desinterés por los nuestros, mucho se ha hablado del sentimiento patrio, pero es una discusión que pierde total sentido si nuestra sociedad no se muestra dolida y reclama los derechos que, por el simple hecho de existir, le son propios. Ya viene siendo hora de que las instituciones que con tanto garbo defienden cuando respaldan sus intereses, tomen cartas en el asunto de tomar las riendas de un país que se muestra con desigualdad en lo básico y en lo complejo. No hay posibilidades económicas, no hay justicia verdadera, no tenemos un gobierno sensato que hasta el momento nos demuestre que este país no es más que una brújula sin norte.

 

Por último: El General Jorge Vargas, del glorioso Ejército Nacional, en declaraciones públicas vinculó a jóvenes – algunos de ellos – con grupos delincuenciales en el municipio de Samaniego. Toda una burla a la conciencia de un país que ha sufrido y sigue sufriendo como nunca.

 

Lastimosamente, los intereses de las mayorías parlamentarias demuestran, cada vez con más intensidad, el desconocimiento, adrede, de las realidades que sufre a diario nuestro país.

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