En nuestra época parecemos encontramos en una encrucijada de carácter sociológico, la cual se hace evidente en el paso de las sociedades cerradas a las sociedades abiertas, problemática que denuncia Karl Popper cuando nos explica que por definición nuestra comprensión de los grupos sociales cambia a partir de la post modernidad y que dentro de la modernidad dicha diferencia se acentúa, ubicando a nuestras sociedades en un contexto donde se dificulta definir los campos de lo cultural como antiguamente se hacía. Las antiguas sociedades organizadas de forma estrictamente piramidal comprendían cosas como el arte, la cultura y la tradición a partir de dicha estructura lo cual les otorgaba una cierta legitimidad que se organizaba en torno a una versión unificada y especifica del cómo vivir, que tenía definiciones claras para todos los escaños de la sociedad, creando una idea de cómo Vivian los reyes, la realeza, los trabajadores del reino, los esclavos y todos los demás.

Definiendo también sus costumbres, y en alguna medida el desarrollo de su vida encuadrándolo dentro de los usos sociales aceptados por la superestructura.

Actualmente nada de esto existe, por el contrario es evidente para todos nosotros como la moda en el mundo de la comunicación instantánea puede venir de cualquier parte de la estructura sin que esto merme su valor, además de la perdida de legitimidad que con los años han sufrido las nociones sociales que definían lo correcto y sobre todo la estética y el desarrollo de la libertad, a partir de estas condiciones es evidente como existen un gran número de personas que ya son conscientes del fenómeno de la disolución de la moral generalizada dentro del siglo XXI, donde lo que se ve es una versión del mundo donde prima la individualidad y los sueños se tejen entorno al deseo individual.

Esto si bien da como resultado una sociedad sin precedente donde la totalidad de los individuos se desarrollan como sujetos y por tanto son protagonistas de sus versiones individuales de la vida. También desemboca en tendencias donde las personas parecen evocar sus formas individuales de pensamiento y tratar de imponerlas a los demás, lo cual se suma a la inexistencia de autoridades morales generalizadas. Este modelo parece empujarnos a una situación bastante caótica al interior de la cual la sociedad se convierte en una marisma de opiniones que nos arrastran según las tendencias del momento.

No por eso es posible pensar en algo así como en una eliminación del pensamiento moral, por el contrario, lo que surgen son un gran número de morales dentro de las cuales cada individuo crea sus normas tan flexibles como las requiera con la finalidad de responder a través de estas a los retos que surjan dentro de la ejecución de su libertad individual. No corresponde entonces lo anterior con una eliminación del pensamiento moral; sino que pone en evidencia el surgimiento de nuevas habilidades morales en los individuos, quienes pasan de tener una moral general donde las respuestas siempre están claras, a tener una moral que debe adaptarse y generar una nueva respuesta ante el surgimiento de nuevas tendencias, lo cual sin embargo nos deja un sinsabor, que usualmente tiene como fundamento el que nos sintamos poco vinculados con los demás, convirtiendo a las comunidades humanas en una serie de islas cada una con una jurisdicción moral individual, cosa que a su vez afecta profundamente la consideración del individuo como parte de un grupo.

A pesar de lo anterior, el camino no está perdido, existe como parte de la constitución de los estados un acápite moral preexistente a todas las libertades, y que funge como fundamento de las mismas, habilitando a los individuos a desaforarse dentro de su individualidad, claro está dentro de unos mínimos que tienen como finalidad garantizar dichos beneficios para la totalidad de seres humanos existentes dentro de una jurisdicción.

“He aquí la magia de la constitucionalidad.

Siendo esta el marco dentro del cual están llamados a desarrollarse no solo los derechos sino los límites a los mismos que implican su correcto desarrollo, y que por tanto aun a pesar de nuestra sociedad libertina implica la existencia de una moral que fundamenta todas las demás morales individuales, dándoles validez a través de un sistema de límites que se encarga de regir tanto la forma como el estado está llamado a garantizar los derechos y al como los individuos están capacitados para ejercerlos.

Así, con todo lo liberales que somos y a pesar de que nuestra moral se esté separando rápidamente de versiones religiosas de la misma, transformados en una construcción individual con tintes espirituales, la Constitución siempre se encargará de proteger el verdadero marco moral de posibilidad, aquel donde conviven todas las personas a partir de sus diferencias, y que a pesar de eso no se puede desarticular. Puesto que representa nuestra idea de contrato social configurado mediante normas que hacen que la realidad jurídica y social tome forma a pesar del desconcierto inicial que generan los aparentes excesos de nuestras sociedades actuales.

Bienvenidos seamos todos a las sociedades abiertas y sus implicaciones en la ejecución de nuestra libertad.

Luis Fernando Ortega
Docente programa de Derecho en UNICERVANTES.

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Foto portada: Imagen de referencia sobre la justicia en la sociedad, autoría de Pressmaster en Evato Elements. 

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