El pasado 7 de agosto, el presidente electo Gustavo Petro y su fórmula vicepresidencial Francia Márquez, se posesionaron como dirigentes del país en una ceremonia llena de diferentes y variados simbolismos que reflejan lo que la elección de estos dos personajes representa, al menos en el discurso: un cambio.

Algo que llamó la atención fue la variedad de manifestaciones artísticas y culturales que se dieron en los diferentes rincones de la geografía nacional: bailes, danzas, propuestas teatrales y conciertos fueron algunas de ellas.

Ahora bien, en el evento de posesión (que entre otras cosas se abrió al público en general) hubo un hecho en particular que llamó la atención de los asistentes, televidentes y, por supuesto, de los medios de comunicación tanto nacionales como internacionales. Me refiero a la negativa del hoy expresidente Iván Duque de autorizar la presencia, en la ceremonia, de la espada de Simón Bolívar ante el pedido del nuevo mandatario Gustavo Petro. Esto a pesar de que los organizadores de la posesión habían solicitado con anterioridad e incluso habían realizado los pagos a entidades aseguradoras exigidos para la autorización del préstamo del acero bolivariano.

Es difícil saber qué llevó a Iván Duque a negar la solicitud: preocupación porque sea dañada o violentada la reliquia republicana, un desplante al nuevo gobierno de izquierda, irregularidades en la solicitud del préstamo del objeto en mención o, simplemente, un acto emocional por parte del mandatario saliente. De todas formas, es un hecho bastante diciente por donde se le mire.

Lo cierto es que, sea cual fuere la pretensión de Iván Duque, su decisión se vio opacada con la primera orden presidencial de Gustavo Petro: “Como presidente de Colombia, le solicitó a la Casa Militar traer la espada de Bolívar”. Palabras que fueron aplaudidas por gran parte de los asistentes al evento y, posiblemente, de muchos que acompañaron la transmisión desde sus hogares. Es más, me atrevería a afirmar que lo que Duque no calculó o no vio venir fue que su negativa terminaría potenciando la llegada de Petro a la Casa de Nariño; en la medida en que la primera orden presidencial del nuevo mandatario fue tumbar la última del depuesto. Lo paradójico es que una decisión que podría haber mostrado al nuevo gobierno como débil, en últimas terminó presentándolo como más fuerte que el anterior y se constituyó en el mejor impulso publicitario al gobierno entrante.

De este modo, la espada que acompañó a Bolívar en la campaña libertadora terminó convirtiéndose en el símbolo más importante del nuevo gobierno. Ella ha representado la emancipación de un pueblo frente a un gobierno tradicionalista, tiránico y afincado en el poder y, ahora también refleja la esperanza y el deseo de cambio en una sociedad que por más de doscientos años ha sido desigual.

Hoy a nosotros los colombianos nos queda la tarea de sostener la espada libertaria en nuestras manos y exigir que las propuestas del presidente Gustavo Petro y su vicepresidenta Francia Márquez sean cumplidas a cabalidad y que su gobierno no termine beneficiando a una nueva élite ni se convierta en una nueva dictadura. No olvidemos lo que decía Simón Bolívar: “El jefe supremo de la república no es más que un simple ciudadano”. 

La espada que acompañó a Bolívar en la campaña libertadora terminó convirtiéndose en el símbolo más importante del nuevo gobierno.

Juan David Martinez Morera
Licenciado en Filosofía y Humanidades Universidad Sergio Arboleda

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