Aventureras, elocuentes y profundas son las palabras que definen a un hombre cuyo camino ha sido marcado al ritmo de un compás que dibuja la cercanía y la distancia.

Él mismo se define como un nómada; un alma sin límites, ni fronteras.
Su única bandera es un lenguaje que va más allá de lo que se puede percibir.

Criado entre el mar, las guitarras, las maracas y un par de guacharacas se soñó siendo invencible; así desde los 15 años partió de Bachaquero en el estado de Zulia (Venezuela) -cuna de compositores y músicos-, a una comunidad parroquial en el municipio de Puerto Escondido, lugar donde se inicia como escritor, allí en compañía de su tío y sacerdote de cabecera; eligió ser libre y en el camino encontrar su fe, a través de las letras y la música.

Al crecer e ingresar a la universidad, se topó con los conflictos políticos, sociales y económicos que atravesó Venezuela durante el año de 2016, problemas que quiso atravesar en la dirigencia de un movimiento estudiantil; desafortunadamente falló. En efecto de aquella frustración, abandonó sus estudios y enfoco sus pensamientos en torno a la supervivencia, siendo parte de los más de 900 mil venezolanos que emigraron por la frontera hacia Colombia, expresando: “A veces en mi casa, mi familia no comía tres veces, a veces comíamos dos veces… y no fueron muchas, pero había ocasiones donde comíamos una sola vez”.

Emprendiendo la huida de su país natal con cuatro paquetes de galletas, dos latas de ‘diablitos’ y 10 dólares en sus bolsillos, a través de caminatas que se prolongaban por más de siete horas, soportando en ellas la inclemencia del clima y la apatía de las personas. Repitiéndose una y otra vez “Y si por el contrario lo estás disfrutando, mi amigo, nunca dejes de caminar”. Así llego a Santa Marta, una ciudad costera en Colombia, allí conoció a Melissa Gámez, una mujer que lo encontró durmiendo en las calles de aquella urbe, entregándole amor, techo y una familia, José Leonardo manifiesta que Santa Marta le entregó una identidad, recitó poemas e hizo catarsis de su alma.

Sin embargo, tal y como reza su libro ‘Tres Mil Millones de Latidos’ – una antología poetaría que recopila sus experiencias y viajes – ha sentido el dolor de escribir sin el abrazo maternal: “El tiempo pasa y pasa y ahora entiendo a Peter Pan; me perdí lejos de casa, mi verdad es que treinta años más tarde no he parado de llorar. No llegué a ser astronauta, la Atlantis no pude hallar, no encontré las habichuelas ni a Sinbad y hoy quisiera irme volando a los brazos de mamá”.

   

Luego de 1.000 días sin ver a sus padres, decidió vivir un presente con más intensidad familiar, vivir nuevamente ese vínculo sanguíneo, compensar el tiempo perdido y entrar en una burbuja llena de amor en el municipio de Zipaquirá (Cundinamarca), compartiendo los días con su hermano, cuñada y primos.

“Colombia siempre ha sido una oportunidad, ¡lo digo y lo sostengo!, he vivido en cuatro países (Ecuador, Perú, Venezuela y Colombia), y de los países que he visitado; Colombia siempre ha brindado una buena oportunidad a los artistas. Colombia es un país muy cultural, muy presto a brindar este tipo de ayudas”.

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Así las cosas, en Colombia público su poemario ‘Tres Mil Millones’, una manera sincera de agradecer los recuerdos perpetuados y el camino recorrido.

De José Leonardo me quedó con sus ganas de llevar por el mundo su mensaje de amor y libertad a través de las letras, su lealtad a la amistad verdadera. Me quedó su manera de buscarle soluciones amigables y comentarios positivos a los tropiezos del camino.

Me quedó su pasión por los paisajes venezolanos, la transparencia de sus ojos y su gran sonrisa.

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Muchas personas han inmigrado de Venezuela y están construyendo vidas extraordinarias en muchas partes del mundo; aportando amor, valentía y sabiduría.

No imagino, ni querría estar en los zapatos de estos caminantes, dejar atrás a las personas amadas, las nubes que he conocido siempre. Por eso, aplaudo de pie a quienes, como José Leonardo, trabajan por el momento de reencontrase nuevamente con sus familias, ¡Creo en los finales felices! .

 

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