¿Zipaquirá nació en 1600? La tensión entre 426 años de fundación colonial y 12.400 de memoria ancestral

La conmemoración de los 426 años plantea un interrogante de fondo: si el territorio estaba habitado desde hacía milenios y formaba parte del mundo muisca, ¿puede afirmarse que la ciudad comenzó con la reorganización impuesta por la Corona española?

Representación ilustrativa del sometimiento y la reorganización colonial impuestos sobre las comunidades indígenas que habitaban el territorio de Zipaquirá hacia 1600. Imagen de referencia.
Por
Luis Alfonso Martínez Correa
Periodista con más de 25 años de trayectoria en el oficio, fundador y director general de Extrategia Medios, uno de los medios digitales regionales más reconocidos...
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Mucho antes de que existieran sus plazas, templos y calles, el territorio de Zipaquirá ya había sido habitado por grupos humanos que dejaron herramientas de piedra en los abrigos de El Abra (Rocas de Sevilla). Desde entonces, la sal, el trabajo, el comercio, la protesta social, la minería y la cultura han trazado el rumbo de una ciudad que ocupa un lugar singular en la memoria de Colombia.

Zipaquirá conmemora en 2026 los 426 años de su fundación colonial, establecida oficialmente el 18 de julio de 1600. Sin embargo, esa fecha no representa el comienzo de su territorio ni de la presencia humana en estas tierras. Mucho antes de la llegada de los españoles, los abrigos rocosos de El Abra ya habían sido ocupados por comunidades cuyos rastros se remontan aproximadamente 12.400 años.

Entre ambas cifras existe una distancia de casi doce milenios. De un lado está la memoria natural y humana de la Sabana, construida por antiguos pobladores, sociedades agrícolas, comunidades alfareras y pueblos muiscas que desarrollaron formas de producción, intercambio y relación espiritual con el territorio. Del otro aparece la fundación hispánica de 1600, resultado de un proceso de conquista, sometimiento y reorganización colonial que concentró a comunidades indígenas bajo las disposiciones de la Corona española.

La pregunta resulta inevitable: ¿Zipaquirá comenzó hace 426 años con la fundación ordenada por las autoridades coloniales o su historia debe contarse desde las huellas humanas y naturales que permanecen desde hace más de 12.400 años?

La fecha de 1600 explica el origen administrativo y urbano de la ciudad colonial, pero también marca la imposición de un nuevo orden político, religioso, económico y territorial sobre sociedades que ya habitaban, trabajaban y comprendían estas tierras. Por eso, recorrer la historia de Zipaquirá exige mirar más allá de la ceremonia fundacional y reconocer tanto la profundidad de su pasado ancestral como las rupturas producidas por la dominación española.

El Abra: la presencia humana comenzó miles de años antes de la ciudad

En los límites orientales de Zipaquirá y occidentales de Tocancipá se extiende el valle de El Abra, un conjunto de formaciones rocosas que conserva algunas de las evidencias más antiguas de presencia humana documentadas en Colombia.

Las excavaciones adelantadas por los investigadores Gonzalo Correal Urrego, Thomas van der Hammen y J. C. Lerman encontraron herramientas de piedra, carbón vegetal y depósitos estratificados. Uno de los niveles fue fechado mediante carbono 14 en aproximadamente 12.400 años antes del presente, con un margen de 160 años. Los hallazgos mostraron que aquellos abrigos fueron utilizados por comunidades que habitaron la Sabana de Bogotá al finalizar el Pleistoceno.

Los instrumentos líticos encontrados a más de dos metros de profundidad permiten acercarse a grupos que sobrevivían mediante la caza, la recolección y el aprovechamiento de los recursos disponibles. No existían entonces municipios, fronteras administrativas ni centros urbanos. Había un paisaje frío, sometido a cambios climáticos, recorrido por personas que fabricaban herramientas de uso cotidiano y ocupaban temporalmente las cavidades naturales.

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Vista recreada en tono sepia del valle de El Abra, entre Zipaquirá y Tocancipá, cuyas formaciones rocosas conservan evidencias de presencia humana de hace aproximadamente 12.400 años. En estos abrigos naturales, comunidades de cazadores y recolectores fabricaron herramientas de piedra y aprovecharon los recursos de la Sabana de Bogotá al final del Pleistoceno.

El valor de El Abra también reside en la posibilidad de estudiar las variaciones ambientales de la Sabana durante miles de años. Los sedimentos, restos de carbón, artefactos y depósitos naturales han permitido reconstruir transformaciones de la vegetación, el clima y las estrategias de supervivencia humana.

El Instituto Colombiano de Antropología e Historia declaró el lugar Área Arqueológica Protegida y estableció medidas para su manejo. La protección no se limita a conservar unas rocas: busca preservar un espacio que reúne información irreemplazable sobre las primeras poblaciones de la región.

Tampoco resulta preciso afirmar que El Abra fue simplemente el sitio donde “nació Zipaquirá”. El área arqueológica se relaciona territorialmente con Zipaquirá y Tocancipá y pertenece a una época muy anterior a la aparición de ambas entidades municipales. Su importancia supera las fronteras locales.

De los cazadores y recolectores a las sociedades agrícolas

La ocupación de la Sabana no permaneció inalterada. Con el paso de los milenios, las comunidades modificaron sus formas de alimentación, vivienda, producción y relación con el territorio. La agricultura adquirió mayor presencia, aumentó la permanencia en determinados lugares y se desarrollaron nuevas tecnologías cerámicas.

El Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) sitúa aproximadamente el periodo Herrera entre el año 800 antes de Cristo y el 1000 de nuestra era. El periodo identificado arqueológicamente como Muisca se ubica desde cerca del año 700 y se prolonga durante los siglos posteriores a la llegada española.

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Imagen recreada e ilustrativa de comunidades indígenas que combinaron la caza con el cultivo de alimentos y la vida en asentamientos permanentes, durante el proceso de transformación de las sociedades que habitaron la Sabana de Bogotá.

Las fechas se superponen porque los cambios culturales no se produjeron de forma instantánea ni significaron necesariamente la sustitución súbita de unas poblaciones por otras.

Durante estos procesos se consolidó una actividad que definiría el desarrollo de Zipaquirá: la producción de sal.

La explotación indígena era muy diferente de la minería subterránea contemporánea. Las comunidades obtenían agua salada de fuentes naturales, la depositaban en grandes recipientes de cerámica llamados gachas y la calentaban hasta evaporar el líquido. Cuando quedaba la sal compactada, rompían las vasijas para extraer panes sólidos que podían almacenarse, transportarse o intercambiarse.

Detrás de cada pieza existía una extensa cadena de trabajo. Era necesario recoger y conducir la salmuera, fabricar las vasijas, conseguir combustible, alimentar el fuego durante varias horas, separar el producto final y prepararlo para su circulación.

También se requerían relaciones entre distintos poblados. Algunas comunidades se especializaban en la alfarería; otras aportaban madera, alimentos, tejidos, pescado, algodón, mantas o productos agrícolas. La sal de Zipaquirá participaba así en redes de intercambio que conectaban la Sabana con el altiplano boyacense, los valles y otros territorios.

No era solamente un condimento. Permitía conservar alimentos, tenía valor comercial y formaba parte de obligaciones tributarias, alianzas y relaciones de poder.

Zipaquirá dentro del territorio muisca

Cuando los españoles ingresaron a la Sabana en 1537 encontraron sociedades organizadas alrededor de autoridades locales, vínculos de parentesco, tributos, intercambios y alianzas. Las fuentes coloniales hablaron posteriormente del zipazgo de Bacatá, el zacazgo de Hunza y otros cacicazgos.

Estas estructuras no deben entenderse como un Estado moderno con fronteras rígidas y una única administración central. El mundo muisca estaba formado por redes jerarquizadas y autoridades con distintos grados de autonomía y subordinación.

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Imagen recreada e ilustrativa de comunidades muiscas dedicadas al procesamiento de sal en la montaña. La producción y distribución de este recurso otorgaron especial importancia a Zipaquirá dentro de las redes de intercambio, tributo y poder que conectaban la Sabana con Ubaté, Tunja, Pacho y los caminos hacia el valle del río Magdalena.

Zipaquirá adquiría especial importancia por su capacidad para producir y distribuir sal. Controlar sus fuentes y sus rutas significaba influir sobre un recurso indispensable para numerosas comunidades. Esa condición contribuyó a que el territorio se convirtiera en punto de encuentro entre la Sabana, Ubaté, Tunja, Pacho y los caminos que conducían hacia el valle del río Magdalena.

El propio nombre del municipio refleja las dificultades que existen al reconstruir las lenguas y denominaciones indígenas. En documentos y estudios aparecen variantes como Chicaquicha, Chicaquira, Cipaquirá y Zipaquirá.

También se han propuesto significados como “al pie de la cumbre”, “lugar del padre” o interpretaciones relacionadas con el zipa y una figura llamada Quira. Sin embargo, no existe consenso suficiente para presentar una traducción como definitiva. Las explicaciones más difundidas forman parte de la tradición local, pero deben exponerse como hipótesis y no como certezas lingüísticas.

La conquista convirtió la sal en renta de la Corona

La llegada de la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada a la Sabana en 1537 produjo una transformación profunda. La población indígena enfrentó epidemias, desplazamientos, desestructuración comunitaria, tributos y nuevas formas de control laboral.

La sal despertó rápidamente el interés de los conquistadores y de los funcionarios de la Corona. Lo que durante siglos había circulado dentro de sistemas indígenas de producción e intercambio comenzó a incorporarse a una economía colonial orientada al cobro de tributos y al sostenimiento de la administración española.

Las encomiendas, doctrinas religiosas y concentraciones de población alteraron el orden territorial. Los habitantes fueron obligados a trabajar, pagar contribuciones y adaptarse a autoridades desconocidas.

Hacia finales del siglo XVI, el control sobre las salinas se hizo más directo y se aplicaron mecanismos coercitivos como la denominada mita de sal, que imponía turnos de trabajo a indígenas procedentes de distintos lugares.

La producción salinera dejó de ser únicamente una actividad de intercambio regional. Se transformó en una fuente de ingresos para la Corona y en un instrumento de control sobre la población trabajadora.

La reorganización colonial de 1600 no fue el comienzo de Zipaquirá

El 18 de julio de 1600 es reconocido oficialmente como la fecha de fundación colonial de Zipaquirá. La conmemoración se relaciona con las actuaciones del oidor Luis Enríquez, encargado de concentrar en un nuevo poblado a familias indígenas procedentes de diferentes repartimientos.

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Recreación ilustrativa del 18 de julio de 1600, fecha reconocida oficialmente como la fundación colonial de Zipaquirá, asociada con las actuaciones del oidor Luis Enríquez para concentrar en un nuevo poblado a familias indígenas procedentes de distintos repartimientos. Imagen recreada con fines ilustrativos.

Las referencias locales señalan que fueron congregados 618 indígenas tributarios con sus familias en un sector conocido como Pacanquén o Pacaquem, dentro del valle donde posteriormente creció la ciudad.

Algunos registros mencionan actuaciones realizadas desde el 17 de julio. La diferencia podría corresponder a distintos momentos del procedimiento administrativo: expedición del auto, notificación, traslado de población o ejecución de la orden. La fecha cívica aceptada por el municipio sigue siendo el 18 de julio de 1600.

El Ministerio de Cultura explica que aquel asentamiento fue organizado inicialmente como un pueblo para indígenas. Sin embargo, la rentabilidad del comercio salinero atrajo a españoles, administradores y comerciantes que comenzaron a residir o alquilar viviendas dentro del poblado, pese a las normas coloniales que buscaban separar a las poblaciones.

Por ello, 1600 debe entenderse como el momento de reorganización colonial de Zipaquirá en su ubicación actual, no como el inicio de la presencia humana ni de la vida social en el territorio.

La sal trazó las calles y convirtió a Zipaquirá en centro regional

Durante los siglos XVII y XVIII, el poblado fue creciendo alrededor de la administración, producción y comercialización de la sal. Arrieros, funcionarios, cargueros, comerciantes, trabajadores y viajeros llegaban por caminos procedentes de Santafé, Nemocón, Ubaté, Pacho, Tunja y otras poblaciones.

El Ministerio de Cultura ha señalado que la actividad salinera explica tanto la importancia regional de Zipaquirá como una parte considerable de su configuración urbana. La antigua Administración de Salinas, las casas de comerciantes, la plaza principal, los edificios públicos y las vías de acceso surgieron dentro de una economía articulada alrededor del mineral.

El sector antiguo de Zipaquirá no es, por tanto, una reunión accidental de fachadas. Sus construcciones revelan la forma en que la riqueza salinera transformó el espacio y concentró actividades políticas, religiosas y comerciales.

Esa prosperidad tuvo profundas desigualdades. Buena parte del trabajo fue realizado por indígenas sometidos a tributos y obligaciones laborales. Posteriormente, mineros, cargueros, alfareros, leñadores y otros trabajadores sostuvieron una industria cuyos mayores rendimientos quedaban en manos de la Corona, el Estado o los concesionarios.

La historia de la sal es también una historia de esfuerzo, coerción, riesgos laborales y disputas por el control de los ingresos.

Los Comuneros llegaron a Zipaquirá y obligaron a negociar al poder colonial

En 1781, una protesta iniciada en la provincia del Socorro se extendió por diferentes poblaciones del Nuevo Reino de Granada. El aumento de impuestos, la alcabala, el gravamen de la Armada de Barlovento y los monopolios sobre productos como el tabaco, el aguardiente y la sal alimentaron el descontento.

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Monumento en homenaje a los comuneros en el sector de El Mortiño, donde acamparon los Comuneros, sobre la vía que comunica a Zipaquirá con Nemocón, un punto que mantiene viva la memoria de esta gesta en la historia regional. Foto: Extrategia Medios.

La movilización reunió a campesinos, artesanos, comerciantes, indígenas y habitantes de distintas provincias. Bajo la conducción de Juan Francisco Berbeo Moreno, la marcha avanzó hacia Santafé y creció hasta reunir cerca de 20.000 personas.

Zipaquirá fue escogida como lugar de concentración y negociación por su cercanía con la capital, su capacidad de abastecimiento y su influencia económica. La posibilidad de que la multitud continuara hacia Santafé obligó a las autoridades a buscar un acuerdo.

En la ciudad se discutieron las llamadas Capitulaciones de Zipaquirá, un conjunto de alrededor de 35 solicitudes. Los comuneros reclamaban la reducción o eliminación de impuestos, reformas en los monopolios, mejoramiento de caminos, participación de americanos en cargos públicos, protección de resguardos y cambios en la administración de algunas salinas.

La comisión negociadora estuvo encabezada por el arzobispo Antonio Caballero y Góngora. Las autoridades aceptaron inicialmente las condiciones para detener la marcha y conseguir la dispersión de los manifestantes. Posteriormente desconocieron buena parte del acuerdo.

José Antonio Galán se opuso a la desmovilización, continuó la resistencia y terminó capturado y ejecutado.

Algunas fuentes señalan el 7 de junio de 1781 como día de aprobación y otras recuerdan el 8 de junio como fecha de juramento o formalización. Las dos referencias pueden corresponder a momentos sucesivos de la negociación.

La rebelión no proclamó todavía una separación completa de España semejante a la que comenzaría a discutirse en 1810. Sus integrantes tenían intereses diversos y muchas solicitudes buscaban reformar el orden colonial, no necesariamente abolirlo.

Aun así, la movilización demostró que habitantes de varias provincias podían organizarse, marchar juntos y obligar a las autoridades a negociar.

Humboldt examinó las salinas en 1801

Veinte años después de la rebelión comunera, Alexander von Humboldt llegó a Zipaquirá acompañado por Aimé Bonpland. El 17 de julio de 1801 emprendieron el viaje para conocer la mina de sal gema, la laguna de Guatavita, los manantiales calientes y el norte de la planicie bogotana.

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Imagen tomada en la Mina de Sal de Nemocón y recreada de manera ilustrativa sobre la visita de Alexander von Humboldt quien con Aimé Bonpland, el 17 de julio de 1801 partió desde Zipaquirá para conocer la mina de sal gema, la laguna de Guatavita, los manantiales calientes y el norte de la planicie bogotana.

Por solicitud del virrey Pedro Mendinueta y Múzquiz, Humboldt estudió el funcionamiento de las salinas de Zipaquirá y Nemocón, y preparó la obra conocida como Memoria raciocinada de las Salinas. En ella examinó las condiciones geológicas, la explotación, los costos y las posibilidades de mejorar el rendimiento de la renta.

Su visita no significó el descubrimiento de un recurso utilizado durante siglos por las comunidades indígenas. Su aporte consistió en realizar una evaluación científica y económica desde las prácticas de observación de comienzos del siglo XIX.

El conocimiento técnico de Humboldt se sumó al saber acumulado por indígenas, trabajadores, alfareros y administradores que habían aprendido durante generaciones a reconocer las características de la salmuera y de la montaña.

La Independencia dejó seis nombres en la memoria de la ciudad

Los acontecimientos iniciados en 1810 dividieron a la sociedad neogranadina y llevaron a Zipaquirá a participar en las disputas entre defensores de la monarquía y partidarios de los gobiernos republicanos.

Cuando las fuerzas españolas retomaron el control, comenzó una etapa de persecuciones, procesos judiciales, confiscaciones y ejecuciones. El 3 de agosto de 1816 fueron fusilados seis hombres vinculados con la causa patriota:

Agustín Zapata, Luis Sarache, José Luis Gómez, José María Riaño, Francisco Carate y Juan Nepomuceno Quiguarana.

Algunas referencias locales registran variaciones en los nombres, especialmente Francisco Carate, mencionado también como Zarate. Estas diferencias responden a transcripciones, inscripciones y documentos producidos en distintos momentos.

Los seis fueron señalados por colaborar directa o indirectamente con el movimiento republicano, participar en protestas, suministrar recursos o respaldar a las fuerzas independentistas. Su ejecución quedó asociada con el periodo de represión dirigido por las autoridades de la Reconquista.

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Obelisco en homenaje a los seis Mártires de Zipaquirá, en su ubicación original dentro de la Plaza de los Mártires, espacio ligado a la memoria histórica de la ciudad. Imagen recreada.

La ciudad conservó su recuerdo mediante monumentos, ceremonias, inscripciones y la Plaza de los Mártires. La Catedral Diocesana también alberga una capilla mausoleo dedicada a ellos.

La participación en la Independencia no se redujo a los hombres que fueron ejecutados. Mujeres como Biviana Talero, Bárbara Forero, María Josefa Lizarralde, Mercedes Nariño de Ibáñez y María Josefa Esguerra, junto con mensajeros, comerciantes, familias y numerosos habitantes anónimos, desempeñaron un papel importante al proporcionar alojamiento, información, alimentos y redes de apoyo. Sin embargo, muchas de estas trayectorias aún requieren una investigación documental más amplia que permita reconocer y comprender su verdadera dimensión.

La República mantuvo el control sobre las salinas

La separación de España no redujo la importancia fiscal del mineral. En 1824, la República estableció el dominio estatal sobre las salinas y mantuvo el control de su administración y del precio de venta.

Durante el siglo XIX se alternaron distintos modelos: explotación directa, arrendamientos y contratos con particulares. En enero de 1853, por ejemplo, las salinas terrestres de Zipaquirá, Nemocón y Tausa fueron entregadas mediante contrato a Alejandro MacDouall.

Los gobiernos dependían de impuestos y monopolios para financiar su funcionamiento. La sal era un producto de consumo cotidiano y, al mismo tiempo, una fuente considerable de ingresos. Por esa razón, las decisiones tomadas sobre Zipaquirá repercutían en las finanzas nacionales y en el costo que pagaban los consumidores.

El poder de la ciudad también se reflejó en las divisiones administrativas. Fue cabecera provincial y sede de autoridades regionales durante diferentes etapas. Su influencia llegaba a territorios que hoy pertenecen a varias provincias de Cundinamarca.

En 1905, la Ley 46 creó el Departamento de Quesada, cuya capital fue Zipaquirá. La nueva entidad quedó integrada por las provincias de Chocontá, Ubaté, Guatavita, Zipaquirá y La Palma.

Posteriores reformas territoriales terminaron suprimiendo esa división, pero su existencia muestra la dimensión política y administrativa alcanzada por la ciudad a comienzos del siglo XX.

El ferrocarril cambió el ritmo de Zipaquirá

Durante décadas, la sal había salido de la ciudad a lomo de mula y por caminos sometidos al barro, la lluvia y las dificultades de la Sabana. La llegada del tren transformó esa movilidad.

La construcción del Ferrocarril del Norte comenzó en 1889. La línea alcanzó el Puente del Común en 1894, llegó a Cajicá en 1896 y entró a Zipaquirá en 1898. Desde allí continuaría posteriormente hacia Chiquinquirá y Barbosa.

El ferrocarril redujo tiempos de viaje, facilitó el transporte de sal y mercancías, acercó a Zipaquirá con Bogotá y permitió movilizar pasajeros, materiales de construcción y productos agrícolas.

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La llegada del Ferrocarril del Norte a Zipaquirá en 1898 transformó la movilidad y el comercio local al facilitar el transporte de sal, mercancías, productos agrícolas, materiales de construcción y pasajeros entre el municipio y Bogotá. Imagen de archivo.

La estación se convirtió en lugar de llegada y despedida, pero también en una expresión de la industrialización regional. A su alrededor circularon comerciantes, estudiantes, empleados, mineros y familias que encontraron en el tren una conexión más rápida con otras poblaciones.

El valor de la estación no depende únicamente de su arquitectura. Representa la transformación económica y social producida por una infraestructura que alteró la relación de Zipaquirá con la Sabana y con el país.

Una catedral construida durante más de un siglo

Frente a la Plaza de los Comuneros se levanta la Catedral Diocesana de Zipaquirá, un templo que con frecuencia es confundido por visitantes con la Catedral de Sal.

La parroquia de blancos había sido creada en 1779. La construcción del actual edificio comenzó en 1805 y solo terminó en 1916. El templo fue consagrado el 19 de noviembre de ese año por el arzobispo Bernardo Herrera Restrepo.

El primero de mayo de 1952 recibió el título de catedral tras la creación de la Diócesis de Zipaquirá. Un terremoto ocurrido en 1967 afectó su estructura y obligó a realizar trabajos de restauración y modificación.

La Catedral Diocesana es la sede eclesiástica del obispo. La Catedral de Sal, por su parte, es un complejo religioso, cultural, minero y turístico construido bajo tierra. Aunque ambas forman parte de la identidad de la ciudad, no cumplen la misma función jurídica ni pastoral.

El Banco de la República administró las salinas durante 37 años

Entre 1932 y 1969, el Banco de la República tuvo a su cargo la administración y explotación de las salinas terrestres y marítimas del país.

La función puede resultar sorprendente desde la perspectiva actual, pues el Banco se relaciona principalmente con la emisión de moneda y la política económica. Sin embargo, durante 37 años intervino en la producción, infraestructura, comercialización y administración de estos recursos.

En Zipaquirá, esa etapa coincidió con el desarrollo de una minería más tecnificada y con la consolidación de una población trabajadora que conocía las entrañas de la montaña.

Los mineros aprendían a identificar sonidos, grietas, condiciones del terreno y riesgos que no siempre podían percibirse desde la superficie. El trabajo subterráneo generó prácticas de solidaridad, expresiones religiosas y formas particulares de relacionarse con la muerte, el peligro y la protección espiritual.

De esa experiencia laboral nacería uno de los lugares más reconocidos de Colombia.

La fe de los mineros abrió el camino hacia la Catedral de Sal

Antes de existir un gran templo, los trabajadores instalaron pequeños altares dentro de las galerías. Allí pedían protección antes de ingresar a los socavones y rendían devoción a la Virgen del Rosario de Guasá.

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Antes de la construcción de un gran templo, los trabajadores levantaron pequeños altares en las galerías de la mina, donde encomendaban su seguridad y expresaban su devoción a la Virgen del Rosario de Guasá antes de ingresar a los socavones. Foto recreada de Extrategia Medios.

La idea de construir un espacio religioso de mayores proporciones fue acogida durante la administración del Banco de la República. Entre 1950 y 1954 se adecuaron galerías y se levantó la primera gran Catedral de Sal.

Su inauguración, realizada en 1954, fue transmitida por la radio y por la televisión colombiana, que apenas iniciaba operaciones. El archivo de Señal Memoria conserva registros audiovisuales de la mina, del trabajo salinero y de aquel complejo subterráneo.

Con el paso de los años se identificaron dificultades estructurales. La primera catedral fue cerrada en septiembre de 1992 para evitar riesgos.

La nueva edificación fue desarrollada en otras galerías a partir de una propuesta del arquitecto Roswell Garavito Pearl ycon la dirección técnica del proyecto del ingeniero de minas de Jorge Enrique Castelblanco Reyes. La actual Catedral de Sal abrió sus puertas en 1995.

El recorrido integra cruces talladas, estaciones del viacrucis, naves, espacios de contemplación, formaciones geológicas y obras de ingeniería. Sin embargo, su significado trasciende el turismo religioso.

La Catedral reúne la memoria de los mineros, la composición del domo salino, la evolución de las técnicas extractivas, la religiosidad obrera y la capacidad de transformar antiguos socavones en una obra cultural.

No resume por sí sola la historia de Zipaquirá, pero concentra varias de sus dimensiones más profundas: sal, trabajo, técnica, riesgo, fe e identidad.

Zipaquirá también participó en la formación de Gabriel García Márquez

En 1943, un adolescente procedente del Caribe llegó a Zipaquirá después de obtener una beca del Ministerio de Educación. Se llamaba Gabriel García Márquez.

Ingresó al Liceo Nacional de Varones el 8 de marzo de 1943 y cursó allí los últimos cuatro años del bachillerato. La distancia con su familia, el clima frío y la vida interna del establecimiento marcaron una etapa decisiva de su formación.

En 1944, García Márquez y doce compañeros crearon el Centro Literario de Los Trece. El grupo se reunía semanalmente para comentar libros, leer poemas y discutir los textos escritos por sus integrantes.

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Recreación realizada en julio de 2017 de la llegada de Gabriel García Márquez al entonces Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, ocurrida el lunes 8 de marzo de 1943. La escena fue representada en las instalaciones originales de la histórica institución educativa donde el futuro Nobel de Literatura cursó parte de su formación académica. Imagen del IMCRDZ, tomada en julio de 2017.

El joven estudiante componía versos que firmaba con el seudónimo de Javier Garcés. El grupo publicó además una edición de La Gaceta Literaria, un tabloide de corta existencia en el que aparecieron algunos de sus primeros ejercicios de escritura.

Zipaquirá no explica por sí sola la obra posterior del Nobel, profundamente vinculada con el Caribe y con las memorias de su familia. Sin embargo, el liceo, las lecturas, los profesores y las tertulias contribuyeron a consolidar una vocación que años después transformaría la literatura en lengua española.

Un patrimonio que va mucho más allá de las fachadas

La Plaza de los Comuneros, la Catedral Diocesana, la antigua Administración de Salinas, el Palacio Municipal, el Teatro Roberto MacDouall, la Estación del Ferrocarril y la Casa Gabo —donde Gabriel García Márquez cursó sus últimos cuatro años de bachillerato en el entonces Liceo Nacional de Varones—, junto con las casas tradicionales y las calles del centro histórico, conforman un mismo relato urbano.

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Vista recreada en tono sepia de un atardecer cayendo en la Plaza de los Comuneros de Zipaquirá, con el Palacio Municipal y las edificaciones tradicionales que conforman uno de los espacios urbanos más representativos de la ciudad. Foto: Extrategia Medios.

El Ministerio de Cultura declaró el centro urbano de Zipaquirá Bien de Interés Cultural del Orden Nacional mediante la Resolución 087 de 2005. Diez años después adoptó su Plan Especial de Manejo y Protección a través de la Resolución 3629 de 2015.

El instrumento reconoce que la conservación no puede reducirse a pintar fachadas o impedir demoliciones. También debe atender el espacio público, los usos del suelo, la vivienda, la movilidad, el paisaje urbano, el comercio, los valores arqueológicos y las prácticas sociales que mantienen vivo el lugar.

El Ministerio identifica tres condiciones que deben mantenerse en equilibrio: el sector patrimonial como centro urbano, como territorio y como conjunto cultural. También reconoce a la sal, el pasado indígena, la etapa colonial y la memoria patriota como componentes esenciales de la identidad municipal.

Proteger ese legado implica evitar que la presión comercial, el tráfico, las intervenciones inadecuadas o la pérdida de vivienda terminen convirtiendo el centro en un escenario sin residentes ni vida cotidiana.

La historia de Zipaquirá aún tiene páginas por investigar

A pesar de los estudios arqueológicos, documentos oficiales, investigaciones académicas y relatos locales disponibles, todavía existen asuntos que requieren una revisión más profunda.

Entre ellos están los autos originales relacionados con las actuaciones del 17 y 18 de julio de 1600, los registros de las comunidades concentradas en el nuevo poblado, la participación de mujeres en la producción salinera, las condiciones de la mita, la vida de las familias mineras y las transformaciones sufridas por las veredas durante la expansión urbana.

También se necesita conocer mejor la prensa producida en la ciudad durante los siglos XIX y XX, las historias de trabajadores ferroviarios, la memoria de los barrios obreros y la participación de mujeres en las redes independentistas.

Los archivos municipales, notariales, parroquiales y diocesanos pueden aportar nueva información. A ellos se suman los fondos del Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional, el Banco de la República, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y las organizaciones locales dedicadas a preservar la memoria de Zipaquirá.

Investigar estos temas permitiría contar un pasado menos concentrado en gobernantes, edificios y grandes acontecimientos, y más atento a las comunidades que sostuvieron la ciudad con su trabajo cotidiano.

¿Zipaquirá tiene 426 años o más de 12.400?

Después de recorrer más de doce milenios de presencia humana, producción de sal, intercambio, resistencia, trabajo y transformación territorial, la pregunta inicial adquiere todavía mayor fuerza: ¿Zipaquirá tiene 426 años o su historia se extiende por más de 12.400 años?

Los 426 años corresponden a la fundación colonial de 1600, cuando el oidor Luis Enríquez ordenó concentrar a comunidades indígenas en el asentamiento donde crecería la ciudad actual. No fue una fundación sobre un territorio vacío. Fue parte de un proceso de conquista, sometimiento y reorganización hispánica que modificó las estructuras sociales, económicas, políticas y espirituales existentes.

Los 12.400 años, en cambio, remiten a una memoria mucho más profunda. Hablan de los primeros habitantes de El Abra, de los cambios naturales de la Sabana, de comunidades cazadoras y recolectoras, de agricultores, alfareros y pueblos muiscas que aprovecharon la salmuera y construyeron redes de intercambio mucho antes de la presencia europea.

Conmemorar la fundación colonial sin explicar ese pasado puede convertir 1600 en un falso punto de partida y reducir la existencia del territorio a la mirada de quienes lo conquistaron.

Pero ignorar esa fecha también impediría comprender el surgimiento de la ciudad actual y las consecuencias que tuvo la dominación española sobre sus habitantes originarios.

Zipaquirá puede reconocer sus 426 años de organización colonial sin permitir que esa conmemoración borre más de doce milenios de memoria natural, humana y ancestral.

La cuestión de fondo no consiste únicamente en determinar cuántos años tiene la ciudad, sino en decidir si su historia comienza con quienes habitaron y transformaron el territorio o con quienes llegaron para someterlo, administrarlo y reorganizarlo bajo el poder español.

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Imagen recreada e ilustrativa sobre la memoria ancestral de Zipaquirá, un territorio cuya historia supera la fundación colonial de 1600 y se remonta a más de 12.400 años de presencia humana, trabajo, producción de sal e intercambio en la Sabana de Bogotá.

En 1600, las autoridades españolas concentraron a comunidades indígenas bajo un nuevo orden político, religioso, económico y territorial.

Reconocimiento de fuentes: Este relato fue elaborado a partir de la investigación aportada como base y de información contrastada con publicaciones del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, el Ministerio de Cultura, el Banco de la República, Función Pública, la Diócesis de Zipaquirá, el Centro Gabo, Señal Memoria, Catedral de Sal y fuentes locales de divulgación patrimonial.

Periodista con más de 25 años de trayectoria en el oficio, fundador y director general de Extrategia Medios, uno de los medios digitales regionales más reconocidos en Cundinamarca. Ha liderado desde sus inicios el crecimiento del medio con un enfoque comprometido, independiente y cercano a la comunidad. Su experiencia combina el ejercicio periodístico con la dirección editorial.