La Virgen de Chiquinquirá, conocida oficialmente como Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, ocupa un lugar profundo en la memoria religiosa, cultural y patrimonial de Colombia. Su historia comenzó en el siglo XVI, en territorio boyacense, alrededor de un lienzo que primero fue imagen de culto, luego quedó deteriorado por el paso del tiempo y, según la tradición católica, fue renovado de manera milagrosa el 26 de diciembre de 1586.
Desde entonces, la devoción pasó de una pequeña capilla doctrinera a convertirse en una de las expresiones marianas más reconocidas del país. Chiquinquirá, en Boyacá, se consolidó como destino de peregrinación, punto de encuentro de miles de fieles y referencia nacional de turismo religioso. Hoy, esa tradición suma un nuevo capítulo con la declaración del 9 de julio como día festivo nacional en Colombia, una fecha asociada a la coronación de la imagen como Reina y Patrona del país.
El origen de la Virgen de Chiquinquirá
El relato se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, cuando Antonio de Santana, encomendero de Sutamarchán y Chiquinquirá, solicitó una pintura de la Virgen del Rosario para una capilla de doctrina. La obra fue encargada al pintor Alonso de Narváez, quien elaboró la imagen sobre una manta de algodón, un soporte propio de la época y del contexto local.
La pintura representa a la Virgen María con el Niño Jesús en brazos. A sus lados aparecen San Antonio de Padua y San Andrés Apóstol. La presencia de estos santos no fue casual: San Antonio se relaciona con el nombre de Antonio de Santana, mientras que San Andrés ha sido vinculado con el fraile dominico Andrés Jadraque, quien habría intervenido en el encargo de la obra.
La imagen fue destinada inicialmente a una capilla en Sutamarchán. Sin embargo, las condiciones del lugar no favorecieron su conservación. El techo de paja, la humedad, las goteras y la exposición al ambiente fueron afectando lentamente el lienzo, hasta dejarlo en un estado de deterioro avanzado.
Un lienzo deteriorado que terminó abandonado
Con el paso de los años, la pintura perdió color, nitidez y presencia en el espacio religioso para el que había sido creada. De acuerdo con el relato conservado por el Santuario, hacia la década de 1570 el daño era tan evidente que la imagen fue retirada del altar.
Después de la muerte de Antonio de Santana, el lienzo fue llevado a Chiquinquirá. Allí permaneció durante un tiempo en condiciones de abandono. La tradición señala que incluso llegó a ser usado como objeto doméstico, lejos del sentido devocional que había tenido en sus primeros años.
Ese abandono terminó cuando María Ramos, una mujer española establecida en la zona, encontró la pintura, la limpió y la ubicó de nuevo en un espacio de oración. Su gesto permitió que una imagen prácticamente olvidada recuperara un lugar dentro de la vida espiritual de la comunidad.
La renovación del 26 de diciembre de 1586
El episodio más recordado ocurrió el viernes 26 de diciembre de 1586. Según la tradición católica, María Ramos se encontraba cerca del oratorio cuando una mujer indígena llamada Isabel, acompañada por un niño llamado Miguel, advirtió que la imagen emitía una luz intensa y que los colores del lienzo habían reaparecido.

Para los creyentes, ese momento fue interpretado como la renovación milagrosa de la Virgen de Chiquinquirá. A partir de ese episodio, la imagen comenzó a atraer la atención de habitantes, autoridades religiosas y peregrinos. La historia del lienzo dejó de ser un asunto local y empezó a formar parte de una devoción cada vez más amplia en el antiguo territorio de la Nueva Granada.
Las primeras investigaciones religiosas sobre el caso
Tras la noticia de la renovación, las autoridades eclesiásticas iniciaron un proceso de recolección de testimonios. De acuerdo con la memoria del Santuario, en 1587 se tomaron declaraciones juradas y en 1588 se avanzó en la verificación del caso desde la estructura religiosa de la época.
Este punto resulta importante porque muestra que la devoción no creció únicamente por transmisión oral. Desde sus primeros años, el relato fue objeto de atención formal por parte de la Iglesia, lo que contribuyó a darle mayor reconocimiento entre los fieles y a organizar el culto alrededor de la imagen.
La llegada constante de peregrinos también impulsó la construcción de espacios dedicados a la Virgen del Rosario de Chiquinquirá. Así comenzó a formarse el santuario que, con los siglos, se convertiría en uno de los principales referentes religiosos de Colombia.
María Ramos, la primera guardiana del lienzo
María Ramos ocupa un lugar especial dentro de esta historia. No fue la autora de la pintura ni una autoridad eclesiástica, pero su papel fue determinante en la recuperación del lienzo abandonado. La tradición la presenta como la mujer que rescató la imagen del deterioro, la dispuso nuevamente para la oración y estuvo vinculada al episodio de la renovación.
Su figura permite contar la historia desde una dimensión profundamente humana: una persona que encuentra una imagen dañada, la limpia, la cuida y le devuelve dignidad dentro de una pequeña comunidad. Ese acto sencillo terminó asociado a una de las devociones marianas más extendidas del país.
Según la Diócesis de Chiquinquirá, María Ramos fue la primera guardiana de la imagen hasta su muerte, ocurrida en 1623. Años después, la custodia quedaría en manos de los frailes dominicos.
La custodia de los dominicos en Chiquinquirá
Desde el 30 de mayo de 1636, los frailes dominicos están vinculados a la custodia de la Virgen de Chiquinquirá. Su presencia ha sido fundamental en la organización del santuario, la atención a los peregrinos y la preservación del culto.
La relación entre la advocación y la Orden de Predicadores viene desde el origen mismo de la imagen, pues el encargo inicial estuvo ligado a una capilla doctrinera bajo influencia dominica. Con el tiempo, esa relación se consolidó hasta convertir a los dominicos en guardianes permanentes del lienzo.
La Basílica Santuario Mariano Nacional de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá es hoy el principal lugar de veneración de la imagen. Allí llegan fieles de distintas regiones del país para participar en eucaristías, novenas, procesiones y actos religiosos.
De devoción regional a símbolo nacional
La Virgen de Chiquinquirá no permaneció limitada al ámbito local. Durante el periodo colonial, su imagen empezó a reproducirse en pinturas, estampas y altares, lo que permitió que la devoción se extendiera por distintos territorios de la Nueva Granada.
Las copias de la Virgen de Chiquinquirá se convirtieron en una forma de expansión religiosa y cultural. En templos, casas y espacios comunitarios, la imagen comenzó a ocupar un lugar visible dentro de la vida cotidiana de muchas familias católicas.
Con el paso de los siglos, esa presencia se transformó en identidad. La Virgen dejó de ser solo una advocación venerada en Boyacá y pasó a ser reconocida como una figura de alcance nacional, asociada a la fe, la protección, la memoria religiosa y el sentido de pertenencia de millones de creyentes.
La coronación como Reina y Patrona de Colombia
El 9 de julio de 1919 se realizó la coronación canónica de la Virgen de Chiquinquirá como Reina y Patrona de Colombia. La ceremonia se llevó a cabo en Bogotá, en la Plaza de Bolívar, con presencia de autoridades eclesiásticas, representantes civiles y fieles.
Esa fecha se convirtió en una de las más importantes dentro del calendario religioso colombiano. Desde entonces, cada 9 de julio se recuerda la coronación de la Virgen y su reconocimiento como patrona del país.
La celebración no solo tiene una dimensión litúrgica. También reúne elementos culturales, familiares, turísticos y comunitarios. En Chiquinquirá, la fiesta convoca peregrinos, comerciantes, visitantes y habitantes que participan en actos religiosos y actividades propias de una ciudad cuya identidad está estrechamente vinculada con esta advocación.
La Basílica de Chiquinquirá y su importancia para Colombia
La Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá es uno de los templos más representativos del país. Ubicada en el municipio de Chiquinquirá, Boyacá, alberga el lienzo original y funciona como centro de peregrinación nacional.

El templo recibió el título de Basílica Menor en el siglo XX, como reconocimiento a su relevancia dentro de la vida religiosa católica. Su arquitectura, su valor devocional y la presencia permanente de peregrinos la han convertido en un punto de referencia para quienes recorren Boyacá por motivos de fe, cultura o turismo.
La Basílica también ha enfrentado momentos difíciles. En 1967, un temblor afectó gravemente su estructura y obligó a retirar la imagen del interior del templo. Tras trabajos de reconstrucción, el lienzo regresó a su lugar de veneración, reforzando la relación espiritual entre la ciudad, el santuario y los fieles.
Juan Pablo II y la visita papal a Chiquinquirá
Uno de los momentos más recordados por los fieles ocurrió el 3 de julio de 1986, cuando el papa Juan Pablo II visitó el Santuario Mariano de Chiquinquirá durante su viaje apostólico a Colombia.
La visita tuvo un fuerte valor religioso para el país. El pontífice celebró una eucaristía ante la Virgen del Rosario de Chiquinquirá y pronunció una homilía que aún conserva el Vaticano en sus archivos oficiales. Para muchas generaciones, ese día quedó asociado a la proyección internacional del santuario y al reconocimiento de la importancia de esta advocación en la vida católica colombiana.
La presencia del papa fortaleció el carácter nacional de la devoción y dejó una memoria viva en Chiquinquirá, especialmente entre quienes participaron en la celebración o crecieron escuchando el relato de esa jornada.
La Virgen de Chiquinquirá durante la visita del papa Francisco
En 2017, con motivo de la visita del papa Francisco a Colombia, el lienzo de la Virgen de Chiquinquirá fue trasladado a Bogotá. La imagen permaneció en la Catedral Primada, donde el pontífice tuvo un momento de oración en silencio ante ella.
Ese traslado fue significativo porque permitió que la imagen saliera de su santuario para acompañar una visita papal de gran relevancia nacional. Para los fieles, la presencia de la Virgen en Bogotá representó un gesto de cercanía espiritual en un momento en que el país vivía una etapa de reflexión sobre reconciliación, paz y convivencia.
Las fiestas de la Virgen de Chiquinquirá
La fiesta más reconocida de la Virgen de Chiquinquirá se celebra cada 9 de julio, fecha asociada a su coronación como Reina y Patrona de Colombia. En Chiquinquirá y en distintos lugares del país, los fieles participan en eucaristías, novenas, procesiones y actos de oración.
También existen otras fechas religiosas vinculadas a esta advocación. El primer domingo de octubre se celebra la Fiesta de la Virgen del Rosario, mientras que el 26 de diciembre se recuerda la renovación del lienzo, episodio que dio origen a la devoción tal como se conoce hoy.

Estas celebraciones han convertido a Chiquinquirá en un destino permanente de peregrinación. La ciudad recibe visitantes que llegan para agradecer, pedir favores, cumplir promesas o conocer el santuario. La fiesta, por tanto, no se limita al templo: también mueve la economía local, fortalece el turismo religioso y proyecta la identidad cultural de Boyacá.
El nuevo festivo nacional del 9 de julio
La Ley 2578 de 2026 declaró el Día de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, conmemorado cada 9 de julio, como día festivo de carácter nacional y de obligatorio cumplimiento en Colombia.
Esta decisión incorporó oficialmente la celebración al calendario nacional de días festivos. La norma también establece la aplicación de las disposiciones de la Ley 51 de 1983, conocida como Ley Emiliani, que regula el traslado de varios festivos al lunes siguiente.
Por esa razón, aunque la conmemoración religiosa corresponde al 9 de julio, en 2026 el descanso se traslada al lunes 13 de julio. La medida abrió un nuevo capítulo para esta advocación, ahora no solo como referente religioso y cultural, sino también como fecha reconocida dentro del calendario laboral del país.
Por qué esta celebración tiene alcance nacional
La importancia de la Virgen de Chiquinquirá no se explica únicamente por la antigüedad de su devoción. Su relevancia está en la forma como une distintas dimensiones de la vida colombiana: fe, patrimonio, memoria, turismo, tradición familiar y sentido de nación.
Para los creyentes católicos, la imagen representa protección, esperanza y gratitud. Para Chiquinquirá, es parte esencial de su identidad municipal. Para Boyacá, constituye uno de sus mayores referentes de turismo religioso. Para Colombia, es una advocación que ha acompañado generaciones enteras y que ahora cuenta con una fecha festiva de alcance nacional.
Contar esta historia exige equilibrio. Es necesario respetar la fe de quienes veneran a la Virgen, pero también diferenciar el relato religioso de los hechos documentados, las decisiones eclesiásticas, los procesos culturales y la reciente norma que convirtió el 9 de julio en festivo.
Una devoción que sigue convocando a Colombia
Más de cuatro siglos después de la renovación atribuida por la tradición católica al lienzo de Chiquinquirá, la Virgen del Rosario continúa siendo una de las devociones marianas más reconocidas del país.
Su historia nació en una capilla humilde, pasó por el deterioro de una pintura abandonada, tomó fuerza con el relato de María Ramos y creció hasta reunir a peregrinos, papas, autoridades religiosas y fieles de distintas regiones.
Hoy, con el 9 de julio incluido en el calendario nacional de festivos, la Virgen de Chiquinquirá vuelve a ocupar un lugar destacado en la conversación pública del país. No solo como expresión de fe, sino como parte de una tradición que ha marcado la identidad religiosa y cultural de Colombia durante generaciones.

Según la tradición católica, el lienzo fue renovado milagrosamente el 26 de diciembre de 1586.













