América Latina lleva siglos eligiendo su propia jaula

El relato colonial que fundó nuestras repúblicas nunca fue descolonizado, y esa es la deuda histórica que ningún gobierno ha podido saldar.

Penélope del Mar Vargas
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Penélope del Mar Vargas
Estudiante de Relaciones Internacionales y Estudios Políticos de la Universidad Militar Nueva Granada, Fundadora de 'Dyvernal Podcast', Directora de la Red Índice Activista.
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El pueblo latino acaba de hablar en las urnas. Lo ha hecho en Argentina, en Perú, en Costa Rica, en Chile, en Bolivia, El Salvador y ahora en Colombia. Y lo que ha dicho, con diferentes identidades es, en síntesis, lo mismo: se prefiere el orden, la mano dura para el narcoterrorismo y la promesa de seguridad, aunque cuesten derechos. La pregunta que nadie quiere responder del todo es por qué. Por qué una región que comparte el dolor de la colonia, la esclavitud y el despojo sigue eligiendo, como en un círculo vicioso, a quienes reproducen ese mismo orden.


Académicos sugieren varias razones, entre ellas: el debilitamiento de la democracia y la transformación del Estado-Nación, la polarización inminente, el descenso de EEUU como potencia hegemónica, el surgimiento de la tecnocracia silenciosa, el uso irregular de la inteligencia artificial o los algoritmos en las redes sociales. Pero considero que hay una causa más profunda e incómoda que nos atañe, el relato nacional que fundó nuestras repúblicas nunca fue descolonizado. En el marco del análisis de Política Latinoamericana Comparada, las élites criollas que lideraron las independencias no construyeron nación para todos, construyeron nación al servicio de ellas mismas. Ese relato, atravesado por el racismo, el machismo y el clasismo, sigue siendo el molde desde el que se interpreta quién merece gobernar, quién merece seguridad y quién merece derechos.


El caso argentino es ilustrativo de esta tesis. Según registros históricos de un artículo de la BBC, hace 200 años los negros representaban más del 20% de la población en ciudades como Buenos Aires. Hoy son menos del 1% del total nacional, según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022. Los historiadores empeñados en construir una identidad basada en la herencia europea no solo ignoraron ese dato, sino que borraron deliberadamente el aporte de los esclavos y sus descendientes al desarrollo económico, cultural y político del país. Argentina no olvidó a su población negra por accidente, la borró porque no encajaba en el relato que las élites necesitaban contar. Colombia no es la excepción, basta hacer memoria con el aporte fundamental afrodescendiente y de la naciente república de Haití. La república se declaró independiente el 20 de julio de 1810, pero la esclavitud fue abolida el 21 de mayo de 1851, cuarenta y un años después, según el Archivo General de la Nación. Habría que preguntarse qué clase de libertad es esa que se construye sobre cadenas ajenas, y qué tan lejos estamos realmente de ese fundamento.

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El relato fundacional no es un asunto del pasado porque se reproduce activamente en la manera en que nuestras sociedades construyen identidad y legitiman el poder. Eso explica, en parte, la llegada de figuras como Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en el Perú, el segundo mandato de Nayib Bukele o Abelardo de la Espriella en Colombia. No son anomalías del sistema, son su expresión más coherente. Representan el regreso al orden criollo: vertical, excluyente y profundamente desconfiado de cualquier agenda que ponga en el centro los derechos de quienes históricamente han sido marginados. La hermandad latina de la que tanto hablamos no ha sido suficiente para disputar ese relato. Compartimos el dolor de la colonia, la esclavitud y el intento de exterminar nuestra diversidad, y aun así seguimos reproduciendo sus jerarquías en las urnas.

Es por esto que explicar el crimen organizado transnacional únicamente como consecuencia de la ausencia estatal es verdad, pero es insuficiente. El Clan del Golfo, Los Soles, El Tren de Aragua, las disidencias de las FARC son organizaciones que someten, desplazan y asesinan a las mismas comunidades históricamente excluidas que supuestamente representan este vacío estatal. No son resistencia, son otra forma de dominación. Y, sin embargo, ni el diálogo (Paz Total) ni la mano dura (Seguridad Democrática) han logrado erradicarlos. La región lleva décadas oscilando entre negociación y represión sin resultados estructurales, lo que sugiere que el problema no se resuelve con táctica sino con algo que ningún gobierno ha querido tocar de verdad, la deuda histórica con los territorios y poblaciones que estos grupos controlan.

Mientras el relato fundacional no se dispute, la región seguirá eligiendo orden sobre justicia. Y disputarlo no es un ejercicio académico, es una tarea política, cultural y cotidiana. Significa preguntarse a quién le estamos contando la historia, desde dónde la contamos y a quién dejamos afuera y por qué. Significa entender que cada vez que una sociedad prefiere la seguridad sobre los derechos, no está tomando una decisión nueva, está repitiendo su historia. América Latina no está virando hacia la ultraderecha porque sí. Está virando porque nunca terminó de mirarse al espejo, ese espejo que si se mira bien, todavía sigue cargando la maleta de la colonia.

¿Por qué una región que comparte el dolor de la colonia, la esclavitud y el despojo sigue eligiendo como en un círculo vicioso?

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Estudiante de Relaciones Internacionales y Estudios Políticos de la Universidad Militar Nueva Granada, Fundadora de 'Dyvernal Podcast', Directora de la Red Índice Activista.