Crónica Lugareña. Por Braulio Gaitán … ATICISMO EVOCADOR …
A manera de introducción:
Las crónicas lugareñas son una de las formas más valiosas de preservar la memoria íntima de los pueblos. En ellas no solo se consignan fechas y hechos, sino voces, costumbres, oficios y emociones que difícilmente aparecen en los registros oficiales. Son relatos nacidos de la observación cercana, del afecto por el territorio y de la necesidad de dejar constancia de aquello que dio identidad a una comunidad en un tiempo determinado.
El texto que sigue fue escrito por Braulio Gaitán y publicado originalmente en una revista de Zipaquirá en el año 1955. Se trata de una crónica que entrelaza historia, evocación y vida cotidiana alrededor de uno de los símbolos más persistentes de la ciudad: las campanas de la iglesia parroquial y los hombres que, desde lo alto del campanario, marcaron el pulso de la vida colectiva.
Extrategia presenta esta crónica en versión transcrita de manera textual, respetando el lenguaje, la estructura y el estilo originales del autor, con la única salvedad de la corrección de algunas imprecisiones tipográficas propias de los procesos de impresión de la época. El propósito de esta publicación es contribuir a la recuperación y divulgación de la memoria histórica, cultural, social y simbólica de Zipaquirá y su región, poniendo nuevamente en circulación relatos de provincia que ayudan a comprender cómo se vivía, se creía y se sentía en otros tiempos.
“Las Marías” y la historia del campanero Germán Rodríguez no son solo anécdotas del pasado: son fragmentos de una ciudad que se explica a sí misma a través de sus sonidos, sus riesgos, sus devociones y sus personajes anónimos. Leer esta crónica es asomarse a una Zipaquirá que aún resuena, campana a campana, en la memoria colectiva.
*Infortunadamente o hemos encontrado datos precisos de la biografía del autor, que sabemos tiene varios escritos en diferentes revistas, más la precisión de quien era no la conocemos, sin embargo, estamos trabajando en ello. A continuación, la crónica total y textual del autor.
En 1657 fue trasladado el pueblo de Zipaquirá a su lugar actual y, en 1805, con el apoyo del gobierno español, se puso la primera piedra para desarrollar el plano que Fray Domingo Petrés elaboraba para la construcción de la iglesia que más tarde habría de ser admirada por su elegancia y sencillez, por su acertada combinación arquitectónica y por el buen gusto que guarda el conjunto del majestuoso templo.
Para subir a la torre del reloj fue construida, en 1870, por el maestro carpintero Jorge Daza y bajo la dirección del ingeniero doctor Fabián González Benito, la famosa escalera que hoy existe. En la torre occidental, en cambio, los albañiles comisionados solo colocaron algunos andamios y escaleras comunes para llegar al campanario.
En 1874, siendo cura de Zipaquirá el doctor José María Barrera, los vecinos colocaron las campanas que hoy funcionan, con excepción de la pequeña, que fue donada en 1900 por el doctor Celso Forero Nieto. El acto de bendición de aquellas campanas estuvo solemnísimo y muy concurrido, y fue realizado por monseñor Manuel González, vecino honorable de la población, quien recibió muchas felicitaciones por haber sido el donante de la campana más grande que existe en dicha torre.

El simpático viejecito Carlos Zorro Triviño, actual campanero de la iglesia, cuenta setenta años de edad y ha presenciado muchos hechos notables y curiosos en la villa del Zipa. Es todavía un varón fuerte y robusto, alegre decidor. Enamorado de sus campanas, piensa diariamente en ellas, y su mayor alegría es estar en conversación con ellas. Una tarde, al preguntarle por los nombres que tenían, me comunicó, festivo y lleno de bondad, que sus antecesores en el campanario las llamaban Las Marías, aunque también las distinguían con diferentes nombres.
—Al sur —me dijo— está colocada María Concepción, que es la más grande de todas. Al occidente, María Dolores; al norte, María de la Luz y María Mercedes; y al oriente, María del Carmen.

Estas campanas —agregó— tienen voces armoniosas y desarrollan trozos musicales que alegran las fiestas y atraen a los feligreses. En una de nuestras refriegas lugareñas, una bala de fusil hirió a María Concepción y, desde entonces, enronqueció su voz. Mucho trabajo le costaba acompañar a sus hermanas en las alegrías, pues solo podía hacerlo en las tristezas, al prestarse su voz ronca para hacer más lúgubres los lamentos y súplicas. Recientemente —continúa Carlos— fue sometida a una rigurosa operación, que afortunadamente fue ejecutada por hábiles facultativos y obtuvo feliz resultado: soldaron y curaron completamente su grave herida, y así le hicieron recuperar la voz pura y sonora de otros tiempos. Por esto, nuevamente hace coro, como antaño, con sus hermanas, y la ciudad ha vuelto a sentir sus llamadas, que infunden respeto y obediencia.
Razón tiene el viejecito campanero de la iglesia en adorar a Las Marías. Ellas, desde hace muchos años, son nuestras compañeras invariables y nuestras amigas cariñosas. Con sus voces argentinas han anunciado días felices, fechas memorables y solemnidades que los lugareños han presenciado y en las cuales nos hemos complacido. ¡Ellas, parleras, nada nos han ocultado y siempre han estado listas a informarnos de los placeres para compartirlos en familia y de las tristezas y sufrimientos para hacer eco de ellos y amortiguarlos con dulces consuelos y esperanzas!
Cotidianamente nos despiertan, y al oír sus voces que nos invitan a la oración, no vacilamos en atenderlas, atraídos por su cariñoso llamamiento, que sabemos es de suma importancia, que nos produce satisfacción y nos ilumina el camino de la vida. ¡Llenos de placer concurrimos al templo y allí, en nuestro corazón, “vibra pura”, con sonido celestial, la campana que anuncia a la ciudad la consagración de la Hostia Santa!
En ningún momento nos abandonan y, sin interrupción, nos anuncian las horas que pasan, el tiempo que vuela y la Eternidad que se acerca.
Consagradas a vigilarnos, o mejor, a prodigarnos amistad sincera, no olvidan recordarnos ciertos deberes y, alegres y en constante afán por nuestro bien, nos llaman a compartir con ellas sus placeres.
En otros tiempos —que en buena hora el olvido ha borrado de la memoria de esta tierra— Las Marías, con alarmantes anuncios, hicieron comprender sus desvíos a aquellos que, guiados por la pasión política, convirtieron al pueblo en campo de Marte, de muerte y desolación.
En armonioso concierto han celebrado los triunfos de la Iglesia y de sus hijos, y con tañido lúgubre han lamentado la desaparición de estos y los infaustos acontecimientos.
¡Y ellas continuarán cumpliendo su misión y alegrándonos la vida con sus llamadas familiares hasta el fin de nuestra existencia!

Entre escaleras rotas y campanas vivas: la jornada del campanero
Anteriormente, para subir al campanario había necesidad de hacer uso de unas débiles y largas escaleras que, a pesar de estar reforzadas con puntales, al ascender alguna persona se imprimía en ellas cierto movimiento, produciendo espeluznantes crujidos. Para quienes no estaban acostumbrados a la maniobra, resultaba muy peligroso descender por entre aquellos palos o armaduras.
Sin embargo, los antecesores de Zorro Triviño solo dispusieron de tales escaleras para llegar al campanario. Ellos fueron diestros para salvar los obstáculos, amoldaron los nervios a aquellos movimientos y jamás les ocurrió ninguna aventura.
Germán Rodríguez fue también un célebre campanero. Dependiente de la casa Orjuela & Wiesner en un tiempo y del almacén de los señores Ferro y Romero en otro, había aceptado este cargo con la condición expresa de que se le dejara desempeñar también su otro empleo en la iglesia parroquial.
Era su placer tocar las campanas y, cuando se asía a sus cables, difícilmente los soltaba. Por esto, varias veces recibió del sacristán don Fernando Zorro reprimendas, y no pocas protestas de aquellos que se mortificaban con los prolongados repiques.
Germán tenía un hábil ayudante llamado Felipe Antonio Mendoza, casado con una tal Candelaria, de profesión sastre. En aquel tiempo este cargo era muy codiciado y, como Felipe Antonio había obtenido la preferencia, dio lugar al desarrollo de muchas emulaciones entre sus compañeros. Cuando el ayudante subía a repicar, los muchachos y profesionales envidiosos, en son de burla, lo coreaban con estas estrofas:
“Tengo que tengo
un real de carita;
con eso sostengo
mi Candelarita.
Tín, tan.”
Y otros agregaban las seguidillas que siempre tenía en boca el loco Pepe Romero, adaptadas al compás de ciertos repiques:
“Si te miro nos miran
que nos miramos.
Es preciso, bien mío,
nos contentamos.
Tín, tan.
Si piensas que en ti piensa
mi pensamiento,
piensa en una cosa
que yo no pienso;
que, si pensara,
como mal pensamiento
la deseara.
Tín, tan.”
La escalera del último andamio —el del campanario— estaba rota y, para que prestara servicio, resolvieron Germán y su ayudante colocar unos pedazos de vara en la parte dañada, que amarraron con lazos viejos. Así, malamente arreglada la escalera, los dos empleados pasaban el peligro tanto de día como de noche sin el menor contratiempo.
Muchas veces, al llegar al remiendo que habían ejecutado, los lazos se aflojaban y los pedazos de vara trataban de zafarse; pero, a pesar de todo, los campaneros subían y la escalera continuaba prestando servicio. A estos empleados nunca les vino la idea de variarla o componerla de manera debida. Se acostumbraron a desafiar diariamente el peligro y a mirar con indiferencia hasta su propia vida. No otra cosa significaba el pasar por aquellos atravesaños inseguros que traqueaban al recibir el peso de los dos empleados.
Solo en alguna ocasión Germán aseguró con un rejo la parte de la escalera que descansaba sobre el andamio del campanario, para evitar que se corriera de su lugar. Fue la única precaución sensata que adoptó y que más tarde le prestó ayuda tan importante que le salvó la vida.
A las doce del día de un viernes de mercado del mes de mayo de 1887, Germán comenzó a trepar las escaleras de la torre occidental para subir al campanario y cumplir con sus obligaciones. Al llegar a la escalera peligrosa, sintió un ruido extraño y, con agilidad, continuó el ascenso. Sin embargo, apenas había tomado los atravesaños de la sección que estaba asegurada al andamio con rejo, cuando los pedazos de vara y los lazos del antiguo remiendo se soltaron.
La escalera se partió, dejando a Germán suspendido en el aire, bamboleándose, mientras los atravesaños se desprendían con fuertes ruidos y caían, provocando gritos de angustia. Parecía que el campanero estuviera a punto de ejecutar, en ese instante, la peligrosa maniobra que nuestros modernos acróbatas llaman “El vuelo del Cóndor” o “Salto de la Muerte”.
Afortunadamente para Germán, su ayudante llegó en ese preciso momento y, al escuchar los gritos, subió —o más bien voló— por las escaleras hasta el andamio donde había ocurrido el accidente. Allí comprendió de inmediato la situación extremadamente peligrosa en que se encontraba su compañero y, con mucha naturalidad, le dijo:
—Agárrese bien, don Germán; no tenga miedo; tranque, que yo volveré al momento.
Bajó nuevamente el ayudante, tomó dos varas que había en la entrada del campanario y, con gran prontitud, las llevó para intentar la salvación de su amigo. Los trabajos los inició de inmediato —no había tiempo que perder— y, valiéndose de maromas y exponiéndose a una caída, logró apuntalar la parte de la escalera flotante. De esta forma consiguió mantenerla firme y así el campanero Germán, apoyado por su ayudante, pudo subir al primer andamio, donde quedó tendido y sin pronunciar palabra.
Mendoza continuó su obra activamente y logró unir las dos partes de la escalera como antes estaban, procurando asegurarla con el cable de una de las campanas. Con este remedio pudo luego subir por la escalera sin peligros y prestar a Germán los oportunos auxilios que tanto necesitaba.
Los dos compañeros del campanario prometieron no divulgar la tragedia ocurrida. No les convenía. Y esta promesa la cumplieron hasta que, muerto Germán, su ayudante la comunicó con todos sus detalles a un miembro de la familia, quien luego la refirió a otras gentes.

Hoy al campanario se asciende por unas magníficas escaleras de estilo moderno, que ofrecen todas las garantías de solidez y comodidad. El maestro Valerio Montañez, contratado por nuestro progresista y dilecto párroco, acaba de llevar a cabo esta importantísima obra.
Y puede el simpático viejecito campanero de la iglesia, sin temor y sin obstáculos, llegar a la morada de María Concepción y de sus hermanas, y al entablar conversación con ellas, hacer que estas “campanas cantarinas lancen sus notas de concentración”.
B. GAITÁN B.
*De las cinco campanas, según información extraoficial. Dos fueron trasladadas a la torre del reloj de la Catedral Diocesana para el sonido de las horas.











