El nombre de este pueblo podría repetirse como si se dijera el nombre de una amada: ¡Zipaquirá! Zipaquirá indígena, caserío en brumas, paisaje levantado en arcángeles de hielo, fundación que a los besos del sol desnuda la panorámica de los buitrones por donde huyen densas cabelleras de humo que van brotando la gracia azul del cielo. Por un costado como en un inmenso brazo terrestre, Zipaquirá se apoya en la nostálgica montaña de sal, florida en remansos de neblina que va tejiendo sus grisbronces por las ateridas sienes de las cumbres.
Allá, hondos en los socavones, en el tizón apagado de la mina, caballeros en sombras los hombres conquistan desterrados de la luz de los días, la claridad de sus destinos. Los mineros no sueñan. Viven simplemente. El de ellos es un porvenir de sencillos laboradores. En un cerro de crestas al infinito, una hilera de cruces perceptibles, como mirando la villa, hablan en su carcomido lenguaje de madera de todos los que se fueron de las salinas y la vida, en una retumbante música de detonaciones que se les llevó el alma y el corazón en los alaridos de la dinamita. Por este flanco, la geografía pregona una historia desgarradamente humana. La de los trabajadores que le perforaron a la tierra su entraña de sal, hasta que se encuentran con la pavidez de la frente negra de la muerte.

Por el otro costado, en los descensos las calles zipaquireñas bajan a las afueras hasta hallarse con los caminos solitarios de la sabana. Caminos que vienen, caminos que van bordeados en las orillas por largas hileras de eucaliptus y cipreses, como bordones inmóviles donde se apoyaran las sombras girovagantes de las nubes.
Abiertos los campos en tonos de palideces pegadas al ronzal de las pacientes yuntas de bueyes se ganan en el arado el derecho a su tierno pasto. Cuando las cuchillas hieren y desgarran la capa fecunda de la planada, un bendito olor de tierra doncella extiende sus alas en los invisibles vuelos del viento y de las brisas.

Los sembradores ensueñan y en las noches del reposo, sienten que en sus propias esperanzas está el germinar de oro de las espigas de trigo, de las cañas de maíz y de las diminutas hojas de los papeles. Pasan chirriando por los camellones las perezosas carretas, desmesurados a los lados los ojos grandes de las ruedas y duermen en los medios días de páramo las casas enjardinadas de los obreros de las salinas, que de no haberlas edificado en la sabana sino en los descansos de las colinas, parecerían mágicos hostales.
Por estos contornos Zipaquirá narra su riqueza vegetal. Como liebres blancas salta el paisaje por los ranchos de los estancieros, por las dehesas, por los hatos, por los rebaños y por las flautas de los pastores. Y en la mitad, el caserío que ya puede darse sus tonos de ciudad. Una ciudad que labora, que trabaja incansablemente, que no apaga los hornos, que se desvela en todos los buitrones que no han aprendido a dormir.

Una ciudad que existe con sus pensamientos en la montaña de sal y que respira por las bocas exhalantes de los buitrones. Estos buitrones en la niebla, que hacen de Zipaquirá una inmensa fábrica y que despiden bocanadas de humo en lenguas de fuego, como si quisieran quemar los alfileres de frío que se clavan despiadadamente en la carne. En las tardes, bajando por la carretera de la mina, caminan los laboradores. Primero miran la postal oscurecida del pueblo en los suspiros turbios de las chimeneas y luego buscan sus viviendas en el principio de la sabana, donde una esposa y unos hijos son la forma del amor en sus incansables existencias.
Cuando se escriba la geografía literaria de Zipaquirá, así habrá de empezarse: El pueblo es un paisaje en vagos grises, como para amar o desesperarse, repleto de hornos que se dicen buitrones sin sueño.

Los buitrones, el humo y la mina construyen una ciudad que no duerme.
*Texto escrito en 1954 para la revista del Club de Leones de Zipaquirá. La autoría la firma con el pseudónimo de “Antocar”













